Córdoba, Macri y el 2019/Iniciativa Política

Si el deterioro de la situación y los padecimientos que sufrimos no aceleran el fin del gobierno de Macri, las elecciones del año próximo serán cruciales. En la lucha por recuperar al país del caos en que lo ha sumergido el saqueo oligárquico, la destrucción del trabajo y la producción nacional, ese momento nos debe servir para recuperar la patria. Con ese norte, es natural que breguemos por construir un Frente de Salvación del País; con la mayor amplitud, sin mezquindades ni sectarismos. Dentro de tal perspectiva, opinamos, debe situarse el tema de las elecciones provinciales, que no pueden preocuparnos más que el destino del país: lejos del “cordobesismo” –un “federalismo” de apátridas que acompaña la demagogia del “partido único neoliberal cordobés” de UPC y la UCR– lo nuestro es ser argentinos nacidos en Córdoba.

Con razón se ha dicho que los votos que obtuvo Macri aquí en las fatídicas elecciones del 2015 –un 72 % del total–, fueron determinantes de su estrecho triunfo sobre la candidatura de Scioli. Pero, se suele omitir que tuvo en Córdoba un apoyo variado. Tras someterse a la hegemonía neoliberal del PRO, lo votaron, es obvio, los radicales. Pero en la segunda vuelta impulsaron también el voto amarillo De la Sota y los suyos (con alguna excepción, minoritaria en UPC y su cúpula menemista): decían que Scioli era el kirchnerismo. Curiosa razón, que debe denunciarse como un pretexto: es sabido que Scioli fue resistido por el “kirchnerismo duro” y UPC no podía ignorar la independencia que habría de caracterizar su política, si llegaba a la presidencia. De modo que el “kirchnerismo” presunto de Scioli era sólo una justificación para impulsar a Macri a la presidencia de la nación, por una preferencia hacia la opción oligárquica representada por Cambiemos. Dicho de otro modo, quienes dirigen el peronismo cordobés votaron por Macri sabiendo que con él tomaba el gobierno el capital financiero y los núcleos del poder económico. Si se reflexiona con objetividad, es natural tal cosa: ¿no gobiernan en Córdoba en clara sintonía con la Fundación Mediterránea? ¿acaso no defendieron a la Mesa de Enlace en el lockout agrario del 2008? ¿no es Schiaretti el gobernador peronista más próximo a Macri? ¿no ha demostrado que si debe elegir entre una opción nacional que lo enfrente en las elecciones del 2019 y dividir al peronismo, opta por hacer lo que conviene a Macri? Es claro: sólo si un frente “peronista” neoliberal puede ganarle, para proseguir la política neoliberal, Schiaretti será partidario de “enfrentarlo”. De la Sota, por su parte, produce hechos “para la platea”, como reunirse con referentes kirchneristas; o se mantiene mudo, para despistar a todo el mundo y engañar a los que sueñan con verlo como un opositor. Si hemos condenado todo ultraizquierdismo (para esa noche intelectual gorila, todos los gatos son pardos y Scioli era igual a Macri) eso no lleva a la ceguera opuesta de confundir el uso falaz de los símbolos por De la Sota y sus cómplices con el sostenimiento de las banderas del movimiento fundado en 1945.

La conclusión que surge de estas consideraciones es que Macri le debe al respaldo delasotista una cuota significativa de su llegada al poder y, conquistado el gobierno, una colaboración importante a la mentada gobernabilidad.

La naturaleza social del justicialismo cordobés neomenemista

Una curiosa falta de perspectiva histórico-social distorsiona la visión que muchos peronistas tienen acerca del peronismo cordobés, en el seno del cual la hegemonía neoliberal se afirmó como reflejo en nuestra provincia del dominio de Menem en la política nacional, pero adoptó una consistencia que no se observa en otras provincias, gobierne o no en ellas el Partido Justicialista.

Nos esforcemos algo más para comprender el fenómeno. El acomodamiento de otros peronismos provinciales al viraje menemista fue, objetivamente, producto de la debilidad de sus Estados ante la nación; en el plano de lo subjetivo, la noción justicialista de que el ganador impone su liderazgo hizo el resto. En suma, fue una adaptación, oportunista, sin raíces profundas. Esto permitiría otros virajes, de signo diverso. Se los vio más tarde, al imponerse el kirchnerismo; y los observamos hoy, frente al gobierno de Macri. Sea cual sea nuestra valoración, es importante saber de qué se trata. Del mismo modo, tanto al buscar el origen de estas conductas como al juzgarlas, hay que advertir que existen excepciones honrosas, que muestran la viabilidad de otras actitudes.

En el caso de Córdoba, las cosas ocurrieron de otro modo. Aunque las semejanzas existen, son más superficiales de lo que suele creerse. En nuestra provincia la deriva neoliberal entroncó con raíces sociales poderosas, nacidas o fortalecidas durante el Proceso y, en líneas generales, con el ciclo de extranjerización y concentración económica que conformó un bloque liderado por las empresas de capital extranjero (terminales automotrices, hipermercados y bancos), las empresas globalizadas de origen local y el complejo agroexportador, dentro del cual conviven grupos agroindustriales con productores agropecuarios del sur y el sudeste, habituados a la primarización y el parasitismo, la especulación inmobiliaria y la fuga de divisas. Esa nueva base social (históricamente el peronismo era respaldado por los sectores obreros y populares del mundo urbano y perdía contra la UCR en el sur conservador) hizo impermeable al delasotismo al viraje que vivió la Argentina, más tarde, a partir de la crisis del 2001. Sea dicho al pasar, el kirchnerismo no supo comprender esto, quizá por suponer que la convivencia con Menem, por parte de De la Sota, obedecía a las mismas razones de su gobierno, cuando Néstor era el gobernador de Santa Cruz. Las apariencias engañaban, dados los límites del pragmatismo usual, que hace alarde de realismo. No era así. Aunque los antecedentes de De la Sota permitan situarlo como un político consecuentemente conservador, desde la época del Navarrazo, su ideología no agota la persistencia de su postura: no en vano el PJ cordobés tiene su asiento en la misma geografía que vio surgir a la Fundación Mediterránea, donde el movimiento nacional ha sufrido el impacto de procesos que diezmaron a la clase trabajadora y al empresariado nacional, en una medida que no se replica en todo el país, aunque se trate de cambios uniformes y devastadores, a lo largo de la Argentina. El pragmatismo y la opacidad de la trayectoria de muchos operadores del aparato kirchnerista jamás pudo captar estas singularidades.

Naturalmente, procuramos evitar una lectura mecanicista de esta realidad compleja. Es necesario, para aproximarnos más a la comprensión del delasotismo, aludir al impacto de la derrota electoral de 1983 sobre el peronismo emergente, después del Proceso; a la pérdida de peso del movimiento obrero, que reflejaba la destrucción de sectores significativos de la clase trabajadora, con la ruina industrial impulsada conscientemente por Martínez de Hoz; y, en general, a la crisis posterior a la muerte de Perón, “superada” por los “renovadores”, mientras se hundía Alfonsín, a costa de diluir el contenido doctrinario y la presencia obrera en el movimiento peronista.

En este marco, se torna comprensible que, a lo largo de tres décadas, las figuras que hegemonizan el peronismo cordobés dejan al costado las disputas internas, si se trata de optar entre patria o colonia. De común acuerdo, respaldan, desde los tiempos del menemismo, al bando neoliberal. Y al remontarnos a Menem, como hemos dicho, aunque valoremos a los patriotas que resistieron el travestismo y la consumación de la entrega, hacemos una distinción en el campo contrario, entre quienes acompañaron la década menemista, pero viraron después de la crisis del 2001, y quienes refirmaron su signo neoliberal, como De la Sota y la cúpula de UPC, enfrentando al kirchnerismo desde la vereda oligárquica. No estamos, por tanto, hablando de “pureza”. Estamos señalando que toda una trayectoria permite prever cómo actuarán –qué salida política van a impulsar en el 2019, si la disyuntiva fuese patria o colonia– en esta puja electoral crucial. Pese a ello, ciertos referentes del kirchnerismo provincial querrían apostar a “la unidad del peronismo” “para enfrentar a Macri”. El planteo omite que De la Sota-Schiaretti, por nombrar sólo a figuras principales, son ideológica y políticamente aliados de Macri y, tanto como Urtubey o Sergio Massa, sólo buscan ser el relevo de Cambiemos, para instalar nuevamente, como en la década del 90, cuando de la Rúa y Menem eran “las opciones”, la llamada “alternancia”, que implica cerrar el camino de las urnas, para una opción que defienda al país y sus grandes mayorías.

La tarea es reconstruir en Córdoba el bloque nacional

Señalar la confluencia entre un peronismo travestido, conformado por la hegemonía de De la Sota y los suyos, con las modificaciones verificadas en la estructura económico-social de Córdoba, no implica pensar que este proceso era fatal. Era posible enfrentarse a los frutos del ciclo neoliberal. La UCR, primero, con Angeloz y Mestre y el justicialismo delasotista, siguiendo sus huellas, optaron por plegarse a esa realidad y servir a los núcleos de poder económico, abandonando la tradición de sus respectivas fuerzas, otrora populares. Así gestaron “el partido único neoliberal cordobés”, eligiendo el amo al que deseaban servir. De ningún modo nuestra provincia estaba condenada, por la naturaleza de su economía y la formación social generadas en el curso de las últimas décadas, a partir del Proceso, a padecer la hegemonía de los grupos que expresa, en el terreno ideológico, la tristemente célebre Fundación Mediterránea.

Para configurar esta realidad lamentable que vivimos –el último gobierno genuinamente nacional, en nuestro ámbito, fue el que presidían Obregón Cano y Atilio López en 1974– ha contribuido, sin duda alguna, la decadencia y putrefacción de las fuerzas anteriormente populares: monopolizaron al electorado, durante décadas y hasta cierto punto lo hacen aún, a contramano de la historia. Sin embargo, han dejado de representar lo mejor de sus bases, para expresar a lo peor que alberga la provincia, social y políticamente. Los demás, los trabajadores y la mayoría de las clases medias, sin cuyo voto perderían la hegemonía que aún detentan, los votan con resignación, por una mezcla de inercia histórica y falta de opciones; lo que implica decir que es posible crear una alternativa si se despliega una voluntad de construir fuerzas, firme y tesoneramente, sin agotarse en cada elección, suscitando confianza con claridad en el análisis, conducta, constancia, firmeza de miras.

La experiencia del juecismo, malograda por el volubilidad extrema de su jefe, un oportunista que carecía de norte (y hasta de pudor), sirvió como prueba de que se puede vencer al pútrido clan de la partidocracia neoliberal. En el 2007, Schiaretti y UPC apelaron al fraude y el gobierno de Néstor Kirchner miró para otro lado y desaprovechó la oportunidad de intervenir la provincia. Luego, Juez, enceguecido por una mezcla de oportunismo y rencor, hipotecó su futuro en el altar del apoyo a la Mesa de Enlace, en el 2008. El delasotismo y la UCR respiraron, aliviados. Podían seguir rotando en “la alternancia”. Su restante enemigo, el kirchnerismo, sólo acumularía torpes errores y aventuras tácticas, alternando entre el pacto (destructivo, para la militancia) con UPC y la improvisación de frentes de ocasión, inestables, privados de un liderazgo local sólido (¡que se pierdan las elecciones, pero no la verticalidad!), ineptos para construir una fuerza capaz de ganar el poder.

A trabajar

Hay una mayoría nacional-popular, en nuestra provincia, cuya representación es posible ganar. Los núcleos de poder económico concentrado son poderosos, pero son una elite social minoritaria, la que está de espaldas al interés general. Expolian a la provincia, sin desarrollar su economía, que han primarizado; están destruyendo su tejido social, asentado hasta ayer en industrias y empresas medianas y pequeñas, con diversas cooperativas, diezmadas hoy por los grandes pulpos locales y extranjeros. No es el caso envidiar o competir con otras provincias. No obstante, es inocultable el retroceso que hemos experimentado respecto a Santa Fe, una provincia similar, por su estructura productiva, en otros tiempos. Esa situación es fruto de la conjunción del parasitismo y la rutina, en el agro; las empresas extranjeras y locales que ven a Córdoba como productora de divisas para fugar al exterior (en el mejor caso, para “la inversión” improductiva e inmobiliaria, sin ampliar ni diversificar la economía local); un subsistema comercial crecientemente extranjerizado; un grupo de bancos que especulan y fugan, explotando la desidia del Banco provincial, antes caracterizado por fomentar la economía, hoy un actor “bobo”, parasitado por consultoras “amigas” al poder.

Si queremos frenar la destrucción de la Argentina y despedir al gobierno colonial de Macri, junto con la consigna de la unidad nacional (contra la entrega y el despojo a las grandes mayorías) debe trazarse el cuadro de quiénes son en Córdoba, donde militamos, las fuerzas patrióticas y quiénes pregonan “una oposición responsable, garantía de gobernabilidad” (del que hipoteca al país). No es cuestión de reconstruir lo que en la década del 90 fue “el partido único de la dependencia y la entrega”, que se alternaba en el poder. Si Schiaretti nos habla de “la unidad del peronismo, sin el kirchnerismo”, como declara, sólo cabe concluir que está trabajando por el triunfo de Macri en las futuras elecciones; o por continuar su política, con la máscara del peronismo.

La clase trabajadora, las clases medias que sufren cada vez que los políticos vendepatria tienen a cargo el manejo del Estado, los jubilados nacionales y provinciales, la pequeña empresa industrial y comercial, los cordobeses arrinconados en la marginalidad y el hambre, esas grandes mayorías a las cuales “el partido único neoliberal de Córdoba” reclama el voto pero no escucha, requieren de nosotros, los argentinos patriotas nacidos en la provincia, un mensaje claro, el de luchar aquí para impulsar en Córdoba la resistencia a Macri y los políticos neoliberales que nos dejarán sin patria, si no los echamos. No avanzaremos sin claridad de miras, desde la debilidad actual. A trabajar por la unidad de todos los comprovincianos, tras esa perspectiva, con la fuerza que demanda la patria y la construcción de un futuro para nuestros hijos.

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