Salud en crisis: el sistema sanitario Argentino y sus problemas estructurales/Laura Gastaldi

A lo largo del 2016 se desarrolló un importante conflicto entre el Gobierno de la Provincia de Córdoba y los trabajadores de la salud. En el marco de despidos y cesantías del personal contratado, los hospitales estuvieron en asamblea permanente por el vaciamiento y el abandono de la salud pública en la provincia. Causas y falencias de de un sistema de salud deficiente.

ramon-carrilloEn primer término, cabe destacar que en la Argentina contamos de una inversión pública en salud elevada, representa el 10% del PBI, siendo la más alta de Latinoamérica y similar a la de los países desarrollados. Sin embargo, los resultados distan de ser satisfactorios. El gran sanitarista Ramón Carrillo nos enseñó que lo mejor que puede hacer el Estado por la salud de sus habitantes es brindar cloacas y agua potable. Quizás el acceso al sistema sanitario sea el componente que menor influencia tenga en la salud de los pueblos. La salud individual y poblacional está determinada por las condiciones medio ambientales y laborales, el acceso al agua potable, la vivienda, la educación, etc. En ese sentido, los últimos años marcaron un avance: desarrollo de la obra pública, AUH (que reinsertó al niño en la escuela) y cumplimiento y extensión de la plantilla de vacunación. Considerando las claves propuestas, analicemos la conformación del sistema sanitario en nuestro país y sus problemas estructurales.

Uno de los pilares de la dominación neoliberal es la fragmentación estatal. En salud esto se expresó con crudeza en la división hasta la municipalización de los servicios y en la casi desaparición fáctica del Ministerio de Salud Nacional. Este proceso comenzó lentamente durante la revolución fusiladora del 55 y terminó de consolidarse en la década del 90, logrando desarticular uno de los ejes de la gestión del Dr. Ramón Carrillo durante los dos primeros gobiernos peronistas. Los resultados están a la vista. Al subsistema público -hospitales y centros de atención de primer nivel, fundamentalmente- le corresponde recibir a los 40 millones de habitantes, pero su atención se localiza sólo en los sectores que carecen de otra cobertura y que representan el 42% de la población. Este es financiado con presupuesto del Estado y créditos de organismos internacionales y su administración está descentralizada, quedando en manos de municipios y provincias. Acá encontramos un mal síntoma: descentralización y ausencia de un plan nacional-federal.

Ahora bien, ¿por qué es necesaria la centralización? La diferencia de recursos entre las provincias y municipios deriva en injusticia social y genera expectativas de vida diferentes para cada región, obstruyendo cualquier intento de construcción de un proyecto nacional. Un niño de Formosa tiene una esperanza de vida 10 años menor que otro de la CABA. En todos los casos, la descentralización no hizo más que derivar en una fuerte pérdida de calidad en los servicios y acentuar las diferencias en las respuestas sanitarias que cada jurisdicción elabora. Córdoba no escapa a este problema. En 1987 comenzó la descentralización de los efectores sanitarios en el marco de la reforma de la Constitución Provincial y en 1995 se produjo una transferencia masiva de servicios a las administraciones municipales. Por otra parte, existe el subsistema de seguridad social, financiado con el aporte de los trabajadores en relación de dependencia y los aportes previsionales. Está compuesto por el PAMI, los institutos provinciales (APROSS en Córdoba) y 300 obras sociales de administración sindical, dentro de las cuales hay una enorme dispersión (sólo las 17 más importantes concentran el 90% de los recursos). La seguridad social responde al principio de solidaridad donde el sano aporta por el enfermo y el joven por el viejo. Representa el ahorro genuino de los trabajadores y le brinda cobertura a aproximadamente el 45 % de la población. Si bien algunas obras sociales cuentan con sanatorios y servicios de prestaciones a sus afiliados, el sector es hoy el principal financiador del subsistema privado.

La falta de integración entre seguridad social y sistema público es un problema estructural importante y una batalla principal para la reconstrucción del sistema. Integrar la seguridad social al sector público significa derivar financiamiento: del sector privado a los hospitales del estado. Si bien es cierto que el sistema público no puede contener a todos los habitantes, si se lograra que esos fondos fuesen capitalizados, podríamos contar con más recursos, revalorizar al hospital público y concentrar ahí la asistencia a la mayoría de la población.

Las prepagas, un parásito que corroe al sistema solidario

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Otro de los daños causados por las políticas neoliberales tiene que ver con la fragmentación en la seguridad social y la intrusión de las entidades de lucro. Con la dictadura del 76 si inició un paulatino desfinanciamiento de las obras sociales y en la década del 90 el problema se profundizó, llevando además a una gran crisis, donde muchos prestadores privados desaparecieron o se fusionaron conformando verdaderos oligopolios. Los aseguradoras (ART) y las prepagas ingresan en esos años, cuando se concreta la desregulación de las obras sociales, llevándose a los jóvenes y sanos y provocando un gran desfinanciamiento del sistema solidario. En la Constitución del año 94 la salud pública figura en un solo artículo y define a los pacientes como consumidores. Esa es la expresión más acabada de la derrota cultural en salud, que permitió plantear la inversión como gasto y la enfermedad como negocio. Estos verdaderos parásitos atienden sólo al 10% de la población y se llevan el 15% de la torta. Del total del gasto en salud el 23% corresponde a lo público, el 37% a la seguridad social, el 25% a gastos de bolsillo y el 15% a prepagas, lo cual nos habla de su terrible regresividad.

Es urgente y necesario plantearnos hacia dónde vamos y cuáles son las salidas para “curar” la salud en Argentina. Históricamente, los sanitaristas universitarios idealizaron la integración de la seguridad social en un fondo único con administración estatal, lo que implicaría el inevitable conflicto con los gremios y no hay reforma sanitaria posible si no es con apoyo del movimiento obrero. En lugar de pensar en un fondo único sería más lógico trabajar para conseguir la regulación del sistema.

Por último, otra de las batallas indispensables para recuperar la soberanía en salud, es contra la medicalización y la falta de recursos en atención hospital-movilizacionprimaria. Mientras que en la mayoría de los países el gasto en medicamentos no supera el 10%,, en Argentina representa el 32%. Son números que enferman. Hay una cultura de la medicalización impuesta desde la formación universitaria hasta la propaganda masiva y mediática. La gran mayoría de las drogas base para la elaboración de medicamentos son importadas y no contamos con producción pública (salvo en algunos laboratorios universitarios), lo que nos expone al desabastecimiento ante conflictos bélicos mundiales y al aumento indiscriminado de precios. En los últimos años del gobierno de CFK se sancionó la Ley de Producción Pública de Medicamentos, con el objetivo de impulsar a los laboratorios estatales existentes y de crear nuevos, tarea que queda trunca y que se encuentra en franco retroceso con el actual gobierno. Los recursos deberían orientarse hacia la atención primaria de la salud, con acciones de promoción y prevención, en lugar de estar volcados a la industria farmacéutica y a la tecnología de alto costo, que no necesariamente mejoran los indicadores globales de salud en la población.

Lamentablemente, con la restauración neoliberal en curso, el camino es hacia la profundización de los problemas. La discusión sobre qué sistema de salud queremos construir debería contemplar la ejecución de políticas a largo plazo y un plan federal solidario e integrado. La pelea debe darse en varios terrenos: desde la formación universitaria, la cultura y el ideario popular, hasta el enfrentamiento con la industria farmacéutica y los oligopolios privados. Reinstalar la solidaridad en salud significa afrontar los conflictos necesarios para que, siguiendo a Jauretche, digamos: “Como en las carreras cuadreras, para largar, primero emparejemos”.

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