Alfredo Terzaga: pensador de una nación inconclusa

El 29 de julio de 2004 se cumplían 30 años de la muerte de Terzaga, historiador, autor de ensayos sobre de diversos temas, crítico de arte, pintor y poeta nacido en Rio Cuarto. Eso motivo la aparición del texto de Enrique Lacolla que hoy difundimos, publicado originalmente en La Voz del Interior, el jueves 22 de julio de 2004.

 La importancia de la obra debida a Terzaga –decía Lacolla, al prologar el retrato– contrasta con el silenciamiento que se le hizo padecer. El año próximo se cumplirán 100 años, esta vez de su nacimiento, y la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico Arturo Jauretche, con nuestros compañeros de Iniciativa Política en la ciudad del sur programan, junto a la Universidad Nacional de Rio Cuarto, diversos modos de rendirle homenaje y difundir íntegramente su vasta obra. Por nuestra parte, con la reproducción del trabajo de Lacolla, otro intelectual cordobés y un amigo dilecto de Alfredo Terzaga, estamos presentando ante la nueva generación un breve bosquejo de uno de los creadores más universales del pensamiento nacional.   

A 30 años de la prematura desaparición de Alfredo Terzaga, es imperativo rendir un homenaje a este cordobés y argentino excepcional, una de las figuras intelectuales más ricas que dio la cultura nacional en el siglo pasado. Su persona es ignorada por el grueso de sus compatriotas, aunque ciertamente tuvo un profundo efecto sobre quienes lo conocieron y en la corriente del pensamiento nacional que lo contó en sus filas.

En esta injusticia cabe reconocer la confluencia de dos factores. De un lado, la distorsión cultural de un país en el cual los focos de la fama se concentran casi exclusivamente en Buenos Aires; de otro, la conspiración de silencio que sofoca, en todo el país, a las corrientes intelectuales que se apartan de la ortodoxia de la historia oficial o de un progresismo al uso no menos ortodoxo y en el fondo igualmente conformista.

Alfredo Terzaga tenía una amplitud de miras y una ductilidad intelectual que en cierta medida evocaba al uomo rinascimentale, al hombre del renacimiento, capaz de dominar o de sentirse cómodo en una variedad de disciplinas. Pensador, poeta, artista plástico, docente, crítico, periodista, historiador y siempre escritor eximio, era tolo lo contrario del erudito de gabinete o del intelectual predispuesto a la interpretación mecánica de la realidad.

Esto se echa terriblemente de menos en la Argentina de hoy, donde, junto a una inundación de bagatelas y frivolidad, hay una irrupción de seudo intelectuales propensos a la aplicación de patrones maniqueos y asimismo superficiales sobre la realidad, cuya inadecuación para percibir la enorme variedad de matices que dan vida a ésta, resulta en incapacidad para interpretarla. Es decir, para aferrarla en su compleja manera de articularse, para actuar en consecuencia.

Esa preciosa claridad para observar las cosas en su combinación dialéctica no faltaba, en cambio, a Terzaga. Es más, era connatural a su persona. Lo cual quizá en parte redundó en la dispersión de su producción creadora. Cosa que de hecho hubiera sido una adición más a su obra, si hubiese dispuesto de más tiempo que el lapso –desdichadamente acotado– que la vida le había concedido.

A quienes lo conocimos de cerca, la amplitud del espectro de sus inquietudes nos resultaba enormemente enriquecedora y atractiva. A veces se traslucía en ella, sin embargo, cierta angustia, cierta vibración de urgencia: Terzaga parecía percibir el escaso tiempo de que disponía y que se agravaba por la falta de desembocaduras para verter de lleno su impulso creador y su pensamiento crítico en ebullición.
La Argentina profunda.

Alfredo Terzaga nació en Río Cuarto, en 1920. Su bisabuelo había sido comandante del departamento Tercero Abajo en las épocas bravías de la Confederación; su abuelo fue un destacado político adepto al mitrismo y en una ocasión intendente de Río Cuarto, y su padre se caracterizó por un espíritu atormentado y sensible, cuyas condiciones literarias fueron apreciadas por Manuel Gálvez, quien lo evocó calidamente en sus Memorias. Huérfano a temprana edad, a fines de la década del ’30 Alfredo Terzaga se trasladó a la capital de la provincia, donde su vocación de autodidacta –forzada por una polémica pública con el presbítero Pérez Arce, que le valió su expulsión del Colegio Nacional de Río Cuarto– se articularía por los diversos pero siempre confluentes caminos de las ciencias humanas, del arte y del interés por la política y la historia. Su descubrimiento del marxismo y el período sensacional por el que estaba pasando el mudo, a cuyas secuelas el país no se sustrajo, lo ayudaron a afirmarse en la percepción compleja de la realidad.

Un talento polifacético

Mientras trabajaba en el Ministerio de Hacienda de la Provincia, allá por los años ’40, Alfredo Terzaga comenzó a publicar. Primero fueron notas de crítica artística y literaria significadas por una precisa percepción de cualidad estética y del entramado que existe entre esta y una determinada circunstancia social e histórica. Desde la poesía de Rainer María Rilke a la pintura de Diego Rivera, la percepción crítica de Terzaga se ejercía con una soltura intelectual tan escrupulosa como atenta. Por otra parte, no era un crítico ajeno a su oficio que examinaba: como ha señalado Roberto Ferrero, Terzaga desarrollaba “una praxis oculta” de la poesía, la pintura y el grabado.

Cuando el movimiento nacional liderado por el primer peronismo irrumpió en la sociedad argentina, Alfredo Terzaga se contó entre quienes adhirieron a aquel desde su posición excéntrica al partido del poder. Por esos días hubo una pléyade de talentos que, prevenientes de un manantial que podía ser genéricamente denominado como de izquierda, supieron distinguir una ruta propia en un país dividido entre un bando popular proteico, en ocasiones incluso ideológicamente reaccionario; y un bando antipopular, asimismo abigarrado y compuesto por maridajes a veces antinatura, como el que resultaba de la colusión del conservadurismo oligárquico con la progresía de la clase media y el esnobismo bien pensante.

Juan José Hernández Arregui, Enrique Rivera, Rodolfo Puiggrós y Jorge Abelardo Ramos confluyeron, entre otros, en la primera corriente, junto a pensadores nacionales de extracción radical, como los animadores de Forja, Raúl Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche.

Alfredo Terzaga encontró un puesto natural en ese ejército y pronto la atracción por la política y la historia se le hicieron absorbentes, aunque su interés por el arte y la literatura siguieron vigentes en él, estimulados por su desempeño como profesor de historia del Arte en la Escuela Provincial de Bellas Artes José Figueroa Alcorta, cuya titularidad ejerció hasta su muerte.

Provisto de una formidable capacidad de trabajo, su curriculum incluye la fundación de la revista Crisis, en la que se repartió entre la dirección y la critica literaria y plástica; las colaboraciones periodísticas en el diario Orientación, cuya dirección pasó a ejercer a fines de 1954 y de la que fue desalojado en ocasión del golpe militar de setiembre de 1955; la jefatura del departamento de Prensa y Difusión del Banco de la Provincia de Córdoba, de la que fue también expulsado en aquella oportunidad, pero a la que volvería años más tarde; la creación de la colección de poesía La Campana de Fuego, que dirigió para la Editorial Assandri y donde hizo aparecer sus brillantes traducciones y ensayos sobre Novalis, Hölderlin y Rilke, y su traducción completa de las Iluminaciones, de Rimbaud.

Esta labor llegaría a ser conocida y apreciada por la crítica europea, francesa en particular.

Párrafo aparte merece su Geografía de Córdoba, un texto inapreciable, todavía muy demandado, sobre la geografía física y humana de la provincia, completado con un compendio de su historia política asimismo invalorable.

La historia de Roca

La presión de los tiempos y el compromiso con la realidad del país, así como la decantación de su propio carácter, empujaron finalmente a Terzaga a emprender la que debía ser su opus magna, la Historia de Roca, una biografía del militar y político tucumano de decisiva influencia en la organización nacional y figura difícil de reducir a parámetros maniqueos, cuya complejidad puede servir de clave para comenzar a discernir la difícil articulación de la nación argentina tanto en lo referido a su configuración política como a la psicología de sus grupos de poder.

Alfredo Terzaga estaba mejor provisto que nadie para llevar a cabo esa tarea. Y en un tour de force notable, mientras seguía desempeñando sus labores burocráticas y docentes, y redactaba asimismo numerosos artículos radiofónicos y para la revista Todo es Historia, en un par de años escribió los dos primeros tomos de una obra que debía quedar inconclusa, pues un ataque cerebral masivo lo derribó a principios de julio, en 1974, a causa del cual moriría el 28 del mismo mes, sin haber recuperado el conocimiento.

Estos dos tomos, sin embargo, son un testimonio brillante de la capacidad de comprensión abarcadora y dialéctica de las cosas que definían a su autor. Si bien Terzaga pertenecía a la que se ha denominado corriente revisionista de la historia argentina, nada más alejado de su personalidad que los acordes intemperantes y chillones que a veces irrumpen en las páginas de muchos de sus cultores.

La propensión a la diatriba le era ajena. En su lugar había un examen enérgicamente determinado y demoledor de los lugares comunes de la historiografía oficial, pero que se valía de un registro que evadía la calificación detonante, cara a muchos autores que, tal vez inconscientemente, intentaron redimir a los parias de nuestra historia a través de la demonización inversa de quienes había sido sus detractores.

Por otra parte, la naturaleza del biografiado era lo suficientemente compleja como para obligar a un esfuerzo de comprensión que inevitablemente iba a influir en el estilo. Que demuestra no sólo penetración política y psicológica, sino también una tersura y una riqueza de resonancias en el texto que confirman a Terzaga como un escritor cortado en el mejor de los modelos literarios: el de un romanticismo templado por la razón, que tuviera a uno de sus más admirados autores como paradigma: Stendhal.

La biografía de Julio Argentino Roca se detuvo con la vida de su autor, en el momento en que su personaje llega al ápice de su carrera, en el instante en que el guerrero se apresta a convertirse en político, lanzándose como presidente. Cosa que determinaría el levantamiento de Buenos Aires, la derrota por las armas de la sublevación porteña y la federalización de Buenos Aires, concluyendo de esa manera el período de la organización nacional.

En este sentido, el libro de Terzaga cierra un periplo existencial, no sólo del personaje sino del país y no puede por lo tanto considerárselo taxativamente como inconcluso.

Pero si, como dice André Malraux, sólo la muerte convierte a la vida en destino, la de Alfredo Terzaga significó una pérdida que se asimila al desgarramiento de nuestra nación inconclusa. Pensemos en la fecha en que sobre él se abatió la guadaña: julio de 1974. Arturo Jauretche había muerto el 25 de mayo, el general Perón el 1° de julio y Juan José Hernández Arregui fallecería el 22 de setiembre. Sobre el país ensangrentado por las discordias intestinas del peronismo y por la guerrilla, se cernían las sombras del golpe militar que poco más de un año y medio más tarde daría una brutal e insensata inflexión a nuestra historia, aboliendo su trabajoso pero en suma continuo progreso, para precipitarla por una pendiente que no ha conseguido remontar todavía.

Esas muertes y ese proceso fueron una ruptura. Una ruptura que debemos soldar para seguir viviendo. La recuperación de la memoria y de la dimensión humana e intelectual de una figura como Alfredo Terzaga será una forma de hacerlo.

En su capacidad para integrar los planos del pensamiento universal con los jugos de la sensibilidad nacional, se resumía el secreto de la madurez de una cultura. Esa madurez que nos es negada hoy por el torrente de imbecilidades que se desparraman desde los medios de comunicación masiva, por el carácter nugatorio (que burlas esperanzas) de una política reducida a pirotecnias formales que se aplican a esquivar cuidadosamente el fondo de los problemas, y por una desesperanza que procede, en gran medida, de la ignorancia del pasado.

Si lo conociéramos, como lo conocía Alfredo Terzaga, comprenderíamos que nada está perdido y que este país no siempre estuvo poblado de enanos interesados en medrar como sea, sino por figuras de enaltecida moral, de férreo compromiso y de proyectos generosos.

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