La calesita trágica

El escritor y ensayista Enrique Lacolla analiza el golpe de Estado en Bolivia (acontecimiento típico de la nación latinoamericana inconclusa, signada por revoluciones y contrarrevoluciones) en el marco de los intentos norteamericanos por no perder la hegemonía global en manos de China. El analista advierte que desde Washington vuelven a “prestar atención a su patio trasero”, luego de que los planes del Pentágono fracasaran en Medio Oriente.

Uno de los datos más dolorosos del golpe en Bolivia es la facilidad con que se produjo. También lo son los errores que lo facilitaron.

Como una calesita trágica, Bolivia ha vuelto a entregarnos las imágenes que algunos creían sepultadas en las tinieblas de un turbio pasado. Grandes manifestaciones indígenas reprimidas a tiros por militares que portan los mismos rasgos faciales del indio o del mestizo a los que fusilan; impotencia de un pueblo al que le han arrebatado sus representantes como anticipo de unas políticas de saqueo de los bienes nacionales y de conculcación de los beneficios sociales; exultación de los portadores de la riqueza que se enseñorean del gobierno con el amparo de fuerzas militares cuyos principales exponentes fueron formados en Fort Benning; racismo desenfrenado de los cambas, los habitantes del oriente boliviano que se enorgullecen de su mezcla europea y guaraní y desprecian a los kollas y los aymaras del altiplano; invocaciones al estado de derecho y gritos de auxilio que los gobernantes depuestos dirigen a la comunidad internacional y caen en el vacío sonando como una confesión de impotencia… El panorama es conocido, desgarrador e indignante. Frente a esto se mide la ruina producida por la virtual abolición de la Unasur, reemplazada por un Grupo de Lima obediente a los dictados del norte, y se percibe la debilidad que todavía ostenta el movimiento que en varios países de América latina está insinuando, otra vez, la revocación de las políticas neoliberales.

Lo que había en Bolivia era una supervivencia, que muchos suponíamos todavía fresca y pimpante, de la oleada progresiva que había recorrido al subcontinente desde principios del siglo hasta el 2015, aproximadamente. A ella iba a conectarse el espectacular triunfo del Frente de Todos en Argentina, en un escenario marcado también por la épica revuelta del pueblo chileno contra bastión neoliberal erigido por la dictadura de Pinochet y que persiste hasta estos días. El golpe en Bolivia ha venido a echar un balde de agua fría a estas esperanzas. Pero la experiencia también debería inducir a una reflexión más madura y proclive por lo tanto a un accionar más sólido, de quienes quieren protagonizar un cambio de modelo que se está revelando como indispensable en esta y en cualquier otra parte del mundo.

En Bolivia los factores en juego están iluminados con una claridad meridiana. Quienes se complacen en hacer juegos de palabras en torno a la calificación del acontecimiento –si fue un “golpe” o no lo fue- intentan confundir a los desprevenidos arrastrándolos a un laberinto semántico útil sólo para sembrar confusión o para disimular tras las palabras un apoyo objetivo a la operación destituyente consumada en La Paz. Esta operación ha sido manipulada y conducida por Estados Unidos, aunque los móviles locales del alzamiento hayan estado muy presentes y hayan sido el combustible necesario para incendiar el escenario. Las denuncias contra el accionar de la embajada norteamericana, las ONG, la DEA y la CIA menudeaban desde hacía años y la larga historia de las intervenciones norteamericanas les daba cuerpo. Por esto mismo los errores de Evo y su suicida persistencia en perpetuar su mandato violando leyes que él mismo había prohijado, resultan penosos: le dieron a la oposición los argumentos que necesitaba para embestir contra él y derrocarlo con una rapidez y una facilidad que sorprenden, pues los datos micro y macroeconómicos eran más que satisfactorios y por primera vez en su historia Bolivia se estaba convirtiendo en algo más que en un simple proveedor de minerales estratégicos sino que estaba procesándolos por cuenta propia e inyectándoles valor agregado. Además, cualquiera hubiesen sido las irregularidades del acto eleccionario que consagrara el nuevo mandato de Evo, estas no afectaban la mayoría obtenida en los comicios y, en todo caso, de comprobarse, hubieran servido tan solo para convocar a nuevas elecciones o para legitimar el balotaje. Pero la historia es conocida: la OEA, convocada como ente arbitral para clarificar la cuestión del escrutinio, apresuró su veredicto para hacerlo coincidir con el acuartelamiento de las fuerzas de seguridad –una virtual huelga policial-; el ejército le “sugirió” la renuncia al presidente y al gobierno abandonado a sí mismo sólo le quedó refugiarse en el Chapare, a la espera de un rescate aéreo que llegó a último minuto y permitió salvar las vidas tanto del presidente Evo como del vicepresidente Álvaro García Linera.

Quedan pendientes varias preguntas: ¿el componente “espontáneo” de la asonada precedió a la decisión de Washington de apoyarla, o la Casa Blanca se anticipó a apretar el botón aprovechando las presuntas irregularidades que vedaban el balotaje y ordenando el desencadenamiento de las protestas? No es fácil responder a estas cuestiones ni, en última instancia, estas son demasiado importantes, aunque mi creencia personal se orienta por la segunda hipótesis. Lo concreto es que, con este golpe, Bolivia queda abierta a la intervención del capital especulativo y a la privatización o reprivatización de sus bienes nacionales. Es bien sabido que Bolivia, junto a Chile y Argentina, es depositaria de la mayor concentración de yacimientos de litio en el mundo: el 75 % de las reservas de ese material estratégico se concentran en estos países. Sin hablar del gas y del petróleo de los que Bolivia tiene reservas sustanciales. El interés de Washington y de otros centros de poder en controlar estos yacimientos es obvio.

La cuestión que más debe llamarnos la atención, sin embargo, es otra. En el mapa del reordenamiento mundial que se está operando en estos momentos a la luz del repliegue relativo de EE.UU. en el medio oriente y otros escenarios, América latina vuelve a preocupar a Washington. Estados Unidos no ha abandonado su pretensión de hegemonía global, pero su clase dirigente, o al menos una parte de ella, ha cobrado conciencia de que, por primera vez, el bocado que se había prometido puede resultar excesivo para sus mandíbulas. En esta instancia, con un medio oriente donde los planes del Pentágono han fracasado por la resistencia siria e iraní y la intervención rusa; y frente a una China que se posiciona a un paso de desbancarlo como primera potencia económica, Estados Unidos vuelve a prestar atención a lo que considera, mal que nos pese, su patio trasero. El movimiento podía darse por descontado y ya se había advertido repetidamente respecto a él. De hecho, puede estimarse al derrocamiento de Manuel Zelaya en Honduras como punto de partida del reposicionamiento de Washington. A partir de entonces una guerra híbrida montada con la ayuda de los servicios de inteligencia, el poder judicial y los oligopolios de la comunicación acometió con armas aparentemente no letales a los gobiernos y partidos de centro izquierda que habían protagonizado el ascenso populista y, por vía del “lawfare”, los fue desmontando a uno después de otro. En algún caso, como en Argentina, de acuerdo a métodos irreprochablemente constitucionales, que no obstaron para que, una vez adquirido el poder, se lo usase para romper el ordenamiento jurídico y para proceder a poner de cabeza a la economía; mientras que en otros –en Paraguay, Ecuador, Brasil y finalmente Bolivia- se procedía de acuerdo a métodos que combinaban la saturación y alienación de la opinión con expedientes parlamentarios y jurídicos de contornos delincuenciales. Como el “impeachment” a Dilma Rousseff y la condena a prisión de Lula para sustraerlo de la carrera presidencial en base a la comisión de un presunto delito, insignificante y para colmo inexistente.

Es de suponer que esta tendencia no se revertirá de la noche a la mañana, y para demostrarlo está lo ocurrido en Bolivia. Ante el ascenso contestario en el Cono Sur, Washington actuó rápidamente en el corazón de la región. Por lo tanto hay que pensar en expedientes eficaces para tratar con ella. Por un lado es necesario dar lugar a una composición de lugar geopolítica que reconozca que el peso del “hermano del norte” es un factor que estará siempre presente y que el tacto y una combinación de diplomacia y firmeza requerirán de un “savoir faire” político que no suele ser moneda corriente entre nosotros. Por otra parte, a medida que se consigan avances y se consoliden economías de colaboración regional independientes del diktat norteamericano, estas deberán ser apuntaladas por unas fuerzas armadas que sean capaces de defender las bases del orden constituido y los intereses de la nación, y no de servir como mercenarios de las oligarquías poseyentes y del interés extranjero. Este es un problema crucial y que no se resuelve en base a oposiciones maniqueas. Las fuerzas armadas en Latinoamérica no fungen necesariamente siempre como vehículos de la reacción. Ahí tenemos los casos de Chávez en Venezuela, de Velasco Alvarado en Perú, de Ibáñez en Chile, de Prestes en Brasil, de Perón en Argentina, de los coroneles Busch y Villarroel, y del general Torres en Bolivia. Pero pareciera que después de cierto tiempo el elemento conservador que contienen las hace bascular hacia la derecha y volver a su rol de defensoras del estatus quo ante. ¿Pero es esto cierto? ¿O se trata de la renuencia a emplear la fuerza de algunos caudillos populares cuando el poder está en juego? Yrigoyen en 1930, Perón en 1955; el mismo Allende, según se dice, rehusándose a la oferta algunos militares chilenos en el sentido de sacar del juego a la derecha militar en septiembre de 1963, podrían demostrarlo.

Este capítulo, el de la función de las fuerzas armadas en cualquier régimen que propugne políticas de consolidación nacional, es y seguirá siendo decisivo en el futuro. El desamparo de Evo Morales y de Álvaro García Linera a la hora de dejar su país y el abandono en que quedan las masas que los apoyaron no deben repetirse. Pero, ¿cómo evitarlo cuando las fuerzas centrífugas que hacen explotar al país no encuentran una barrera física que las detenga? La manera más expeditiva de acudir a remediar esta cuestión es la diversificación de los centros de estudios extranjeros a los que los militares concurren para perfeccionarse. La Escuela de las Américas y los institutos que repiten ese molde deben ser evitados o alternados con institutos de formación de otros países y, sobre todo, con la conformación de una Escuela de Defensa a escala iberoamericana, que fomente una concepción geoestratégica informada de nuestra posición en el mapa y de las posibilidades e intereses que emanan de ella. Claro que para esto habrá que andar mucho. Pero, ¿quién puede imaginar que a Roma se la construyó en un día?

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