El nuevo gobierno, una ventana a la esperanza/Enrique Lacolla

El ensayista y analista de política internacional Enrique Lacolla reflexiona sobre los desafíos que deberá enfrentar el próximo gobierno nacional con una economía recesiva y endeudada, luego del fracaso neoliberal y su “capitalismo de amigos”, y en un contexto regional en plena ebullición.

Alberto Fernández parece disponer de la firmeza y ponderación que necesita un buen piloto de tormentas. Le harán falta para sacar al país del tembladeral en que nos han hundido Mauricio Macri y el sistema que representa.

Un nuevo gobierno toca a la puerta. Este martes Alberto Fernández asumirá como presidente de la República. Finaliza así el cuatrienio de Mauricio Macri, que ha dejado al país postrado, con la mitad de su capacidad industrial ociosa, sin reservas, con elevadas tasas de desempleo y de pobreza (cuando no de indigencia y hambre) y con una deuda monumental, contraída sin necesidad y tan solo para poner en práctica una ortodoxia de libre mercado que no fue otra cosa que un capitalismo de amigos. En el fondo de esta ecuación figuraba como contraseña el viejo lema de Luis Felipe de Orléans: “¡Enriqueceos!”, primera formulación de la teoría del derrame. Probablemente los integrantes del “mejor equipo económico” –Macri dixit- de la Argentina ignoraban este antecedente histórico, pero siempre lo reverenciaron sin saberlo; aunque, lamentablemente, sin contagiarse de la tenacidad burguesa de sus cultores originales. Cosa natural si se toma en cuenta que ellos son los exponentes de la burguesía “compradora” que la burguesía imperial necesita como rueda de transmisión para practicar juntas las políticas predadoras sobre el mundo subdesarrollado.
No es la primera vez (aunque esperamos que sea la última) en que este tipo de procedimiento se ha ejecutado sobre el organismo sufriente de la Argentina. En realidad es parte de un proceso que arranca con el país, proceso al que sólo en tiempos recientes se ha comenzado a denominar “la grieta”. En su forma moderna el procedimiento tiene su partida de nacimiento más clara con la dictadura militar de 1976-1983, y desde entonces se reeditó en varios gobiernos democráticos. No en todos, desde luego, pues el de Raúl Alfonsín al principio se debatió contra el modelo neoliberal, y los de Néstor y Cristina Kirchner intentaron revertirlo; pero irrumpió con virulencia en los gobiernos de Carlos Menem, persistió en el de Fernando De la Rúa y desde el 10 de diciembre de 2015 practicó una política de tabula rasa durante la gestión Macri.
Es hora de revertir la tendencia. Y de hacerlo perdurablemente, si no definitivamente. En cualquier caso se tratará de afianzar los presupuestos –económicos, sociales, culturales- que deben integrarse a la conciencia y a la práctica política de nuestro país para impedir la fácil repetición de las experiencias neoliberales.

El panorama al que se enfrenta Alberto Fernández para encarar esta tarea es complicado. Sería contraproducente disimularlo. El escenario interno no es fácil. El exterior es difícil. En el país la coalición sistémica está intacta: ha sido golpeada por el remezón social determinado por la crisis, pero conserva un apoyo importante que no se nuclea tanto por una afinidad ideológica sino básicamente por un rechazo de piel a todo lo que huela a peronismo, a nacionalismo y a izquierda social. Es una adhesión fundada en una coincidencia negativa, el rechazo del otro, y que, por su mismo carácter instintivo e irracional, propende a prenderse acríticamente del discurso de los oligopolios mediáticos, que dan aire al “lawfare” y a las operaciones que se cocinan en los servicios de inteligencia locales y extranjeros, a menudo indiscernibles entre sí. Comenzar a desarmar esta trama será una tarea prioritaria y riesgosa, dado el poder de fuego mediático de que esa combinación dispone y de la predisposición negativa hacia el nuevo gobierno que ostenta el 40 % del electorado.

La situación hemisférica

En el plano externo las dificultades no son menores. En los últimos meses hemos sido testigos de sucesos indicativos de un crecimiento de la inestabilidad en el marco regional. Es el espacio que más debe interesarnos, tanto por la afinidad que existe entre los países suramericanos como por el hecho de que son la única plataforma desde la cual se podría ir desarrollando la experiencia de colaboración y desarrollo económico que es la oportunidad que tienen estos países para poder establecer una relación más o menos equilibrada con el mundo. No se trata de hacer retórica latinoamericanista sino de cobrar conciencia de nuestra situación en el mapa y de comprender la naturaleza de la dependencia a la que estamos sometidos y de las formas para ir construyendo alternativas que la hagan retroceder y nos consientan respirar mejor. Pero nuestra mirada no puede ser beatífica ni boba. Hoy por hoy la situación se presenta erizada de dificultades, que no pasan por la mera imposición de aranceles de parte de Estados Unidos a nuestras exportaciones de aluminio y acero (que también afectan a Brasil) sino por la tónica general de la política global y de las opciones geoestratégicas que toma Estados Unidos, nuestro aplastante vecino norteño y auto-designado “custodio” del hemisferio occidental.

El proceso en curso por estos días tiene doble faz. Por un lado EE.UU., en proceso de repliegue al menos temporal en otras partes del mundo, ha resuelto consagrar mayor atención a su “patio trasero”, su gran reservorio de materiales estratégicos y de recursos naturales. Se trata de un curso que se ha marcado desde hace varios años, cuando se comenzó con la política del “lawfare” y de los golpes de estado “institucionales” que desplazaron sucesivamente del poder a Manuel Zelaya en Honduras, a Fernando Lugo en Paraguay, a Dilma Rousseff en Brasil, y que luego encarcelaron Lula da Silva para vedarle el camino a la presidencia; procediendo más tarde, por la vía judicial favorecida por la traición de Lenín Moreno, a revertir el curso de la política nacional y popular prohijada por Rafael Correa en Ecuador. En Venezuela aparentemente la CIA y el Departamento de Estado han decidido dejar a Nicolás Maduro cocerse en su propia salsa, toda vez que los golpes prohijados por Washington tropezaron con la indiferencia del pueblo y con el compromiso de las fuerzas armadas de defender un orden en el cual ellas detentan porciones sustanciales del manejo del aparato del estado.

Pero en el ínterin el Cono Sur explotó. Argentina dio la señal. Unas elecciones primarias, las PASO, pegaron un cachetazo formidable al proyecto neoliberal e inauguraron un período que fue de espera más que de transición. Durante el cual las reservas del país se licuaron aún más y el gobierno saliente procedió a inventarse un éxito que habría consistido precisamente en el horror económico que nos ha legado, pues este… ¡habría echado las bases de cualquier futura victoria que podría obtener la economía! Este sofisma escamotea por arte de birlibirloque la responsabilidad de la devastación cometida y convierte teóricamente a la gestión de Cambiemos en la simiente de cualquier otra política orientada en sentido inverso que pueda tener éxito en los próximos años. La devastación macrista sería, según esta composición de lugar, una limpieza de terreno para que afloren, por fin, los ansiados “brotes verdes”… Triste forma de disimular el fracaso de un gobierno que al principio juzgó a la inflación y al dólar como problemas menores, fácilmente solucionables con la aplicación de la ortodoxia monetarista y que solicitaba ser juzgado por sus resultados pasados seis meses. Han pasado cuatro años y la pobreza ha crecido del 30 al 40 %, la inflación supera el 200 por ciento y el desempleo creció del 7,1 por ciento al 10,1. Sin embargo podemos estar seguro que esa cínica afirmación va a seguir siendo empleada en el futuro discurso opositor.

La elección argentina, los formidables disturbios en Chile, que no cejan aún hoy a pesar de una salvaje represión y que han quebrado en mil pedazos el espejo neoliberal donde Iberoamérica debía mirarse; la sublevación contra el ajuste en Ecuador, neutralizada pero no domada por el gobierno, indicaron de pronto, en pocos meses, que el ordenamiento puesto en marcha por Washington en su patio trasero a partir del caso Honduras se estaba resquebrajando. La reacción no se hizo esperar. En Bolivia la obstinación de Evo Morales en renovar su mandato por cuarta vez a pesar de que con esa pretensión se contradecía a sí mismo, supuso un error que abrió la brecha que la reacción y el imperialismo necesitaban para introducirse y dislocar todo el andamiaje progresivo, desarrollista y nacionalista construido por el MAS a largo de 14 años. Con una facilidad desconcertante el gobierno se derrumbó y Morales y su vice Álvaro García Linera debieron huir a México para salvar sus vidas.

El nuevo gobierno del Frente de Todos se enfrenta así a un escenario connotado por una doble faz: un subsuelo social inquieto, inestable o en conmoción en toda Suramérica, incluido el bastión del imperialismo en que se ha convertido a Colombia, y una liga de gobiernos conservadores o directamente reaccionarios que rodea a Argentina, presidido por la imponente presencia de Brasil, cuyo mandatario Jair Bolsonaro es un inclasificable, pero peligroso, exponente de las tendencias más negativas del neoliberalismo, poseído por un afán privatista que resulta inexplicable atendiendo a su carácter de militar salido del seno del que fuera el ejército más estructurado del subcontinente en lo referido a su comprensión geopolítica y al cuidado de las reservas estratégicas.

Estamos frente a un espacio altamente inestable. La agitación social y la protesta contra el modelo sistémico son muy grandes, pero hasta aquí, por lo que cabe percibir en Chile, Ecuador o Colombia, sin que exista en ninguna parte un organismo capaz de aglutinar voluntades y comprimir las energías que se expresan en las calles, con el consiguiente riesgo de que estas pierdan presencia o se desvanezcan en el aire. Por otro lado, las fuerzas conservadoras que alienta Estados Unidos se han instalado en el gobierno de casi todos los países suramericanos, incluido Uruguay. Con cuatro millones de emigrantes y una economía en ruinas, Venezuela está neutralizada y sirve más bien de cuco que el imperialismo usa para asustar a las clases medias de toda la región. En Bolivia, como hemos visto, el golpe de estado la ha puesto al borde de la guerra civil.

El caso argentino

En este panorama Argentina es la excepción: mientras todas las experiencias fundadas en la oleada progresista de principios del siglo han naufragado, en nuestro país la ajustada derrota electoral de diciembre del 2015 y la devastación que produjo no alcanzaron para acabar con la capacidad de reacción del pueblo. Por una vía constitucional y a través del voto, las fuerzas vencidas entonces han vuelto a proyectarse al primer plano. Dadas las coordenadas que hemos descrito, sobra decir que la tarea que aguarda al FdT va a ser ardua. El primer frente a atender será seguramente la indigencia y el hambre en que han caído algunos sectores. Para ello hay que llevar adelante simultáneamente una renegociación de la deuda y una reactivación del aparato productivo. Pero para esto también será necesario reorganizar la economía, programar un plan de desarrollo a corto, mediano y largo plazo, con la ciencia y la técnica como núcleos estratégicos, y allegar recursos a través de la siempre postergada reforma fiscal, la reforma financiera y el control del cambios, mientras se generan los equilibrios que sean factibles en el plano laboral y jubilatorio.

Todo esto va a exigir una conducción política muy fina y un cierto espíritu de generosidad de parte de los que deben contribuir al cambio. Aquí entramos a un terreno desconocido. ¿Cuáles serán los términos en que negociará el FMI, si es que lo hace? Pero si este interlocutor extranjero es una incógnita, mucho más (o mucho menos) lo serán los interlocutores internos, es decir, el sistema monopólico que alentó al experimento de Cambiemos, que se benefició con este y que ha representado siempre al sector más concentrado de la riqueza que tiene el país. El “campo” ya está mostrando las zarpas y algunos elementos amenazan con cortes de ruta y con la reeedición de la resistencia a la 125 si con procedimientos “autoritarios” se pretende cercenar sus derechos; es decir, aumentarles las retenciones. El ejemplo del Oriente boliviano es posible que los esté inspirando. El conjunto del sistema oligopólico que ha ingresado formidables ganancias en los años de Cambiemos es seguro que no va cejar en su propósito de reducir a la Argentina al papel de productor primario y de relegar a la mitad de su población a la condición de ejército de reserva del trabajo. Elementos para hacerlo no le faltan, como hemos consignado más arriba. De tomar ese camino ingresarían en una ruta que podría llevarnos a todos al abismo. Es necesario por lo tanto intentar primero inducirlos a la razón, y de ponerse en condiciones de resistir a su chantaje o a su embestida, después.

Para esto hacen falta políticas mediáticas que restrinjan el poder de los oligopolios que actualmente señorean a la gran mayoría de los medios gráficos y audiovisuales, abriendo el campo a la competencia y la pluralidad de voces. Hay también que tener una política hacia las Fuerzas Armadas, que se ocupe de ese personaje con cara de Jano que ha estado presente a lo largo de toda nuestra historia con resultados a veces positivos; pero en otras, las más, malos. No se puede intentar un cambio sin poder confiar en la lealtad del instrumento que tiene la legítima potestad de las armas en un estado moderno. El reciente caso boliviano ha vuelto a iluminar esta verdad de Perogrullo con claridad meridiana. El antimilitarismo doctrinario que distingue a la progresía no es la herramienta más pertinente para lograr este objetivo. El tema debe ser tratado con comprensión y con sentido histórico. Estos dos campos –el mediático y el militar- están lejos de ser accesorios; representan el escudo necesario que cualquier experiencia de cambio requiere para no ser arrollada por la reacción.

Desde luego, todo estará en función de lo que el gobierno del FdT resuelva hacer. Diríase que claridad y constancia programática; discreción, pero no tibieza, en el uso de los resortes del poder interno, y flexibilidad y prudencia en las relaciones internacionales, son los expedientes que se precisan para comenzar a desenredar la madeja de problemas que el gobiernos de Cambiemos ha dejado detrás de sí, como un campo minado. La reacción está al acecho y va aprovechar cualquier oportunidad que se le ofrezca para atacar al gobierno popular. Afortunadamente la conferencia de prensa del pasado viernes en la que Alberto Fernández dio a conocer su gabinete, ha arrojado una impresión inicial altamente positiva. Fue una vuelta de página y una corriente de aire fresco. Creo no equivocarme si digo que muchísimos compartieron la sensación de descompresión que a mí me sobrecogió en ese momento. Qué alivio escuchar un discurso racional y fundado en datos comprobados, emitido desde el nivel más alto y por una personalidad competente, después de cuatro años de mentiras y de negación enfática de lo evidente. La culminación del relato de Cambiemos la había firmado el mismo presidente Macri, en su discurso pronunciado el día anterior, donde se regodeó con la descripción de un país inexistente, generado por una epopeya imaginaria.

Ahora bien, si el período que se avecina es tan esperanzador como problemático, habrá que tener en cuenta este doble carácter cuando se proceda a operar el cambio y a restituir, mejoradas, las coordenadas que deben marcar la ruta del país. El adversario (o más probablemente el enemigo) está al acecho y no va a perdonar nada. La diversidad social e ideológica del movimiento peronista a lo largo de su historia ha sido parte de su riqueza, pero también su mayor desventaja. Esa composición mezclada, sumada a los apetitos personales o a las ambiciones sectarias, y a cierto grado de irresponsabilidad o frivolidad muy argentinas, lo ha roído desde dentro y ha favorecido su inhabilidad para enfrentar a las conspiraciones en su contra. Este “juego de masacre” presidió los desastres de la década de 1970 y también estuvo presente en derrota de Daniel Scioli frente a Mauricio Macri en las elecciones de 2015. No son casuales entonces los llamados a la unidad que se formulan ahora desde diversos sectores del frente nacional, incluidos los lanzados por Cristina Fernández. El frente nacional debe ser un frente y no una amalgama desordenada. Afortunadamente, la composición del gabinete está demostrando que hay conciencia de esta necesidad.

En medio de las tormentas, un capítulo esperanzador se abre para el país. Hay, más allá del encono o de la insensatez del sector duro del macrismo y del conjunto de intereses a él ligados, una conciencia bastante difundida acerca de la necesidad de una convivencia civilizada en un marco jurídico respetable. El mismo que tanto hemos echado de menos en estos años. Dentro de este marco, reorientar al país hacia la vía de un crecimiento genuino, que tenga como base la comprensión del carácter regional de nuestro destino, es un asunto imperioso, en vista del rumbo de colisión en que se encuentra el mundo en la actual fase de decadencia del capitalismo. Pero no nos hagamos ilusiones: el camino estará sembrado de emboscadas y hay que prepararse para superarlas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *