¿Peronismo y Feminismo son contradictorios? / Laura Gastaldi

  • Las observaciones críticas planteadas en el siguiente texto, toman como base dos notas adjuntas al final del mismo.

Curiosamente, coinciden en la premisa de disociar el peronismo del feminismo, tanto los partidos de ultraizquierda como los sectores más ortodoxos del peronismo.

Los primeros se jactan de ser la única fuerza política capaz de votar y apoyar en bloque las demandas principales del movimiento feminista y pretenden adjudicarse las banderas de su representación: se remontan a la tradición de las feministas de principio de siglo, agrupadas principalmente en el Partido Socialista. Niegan y deforman las transformaciones en la vida social y familiar de la mujer durante el peronismo y le adjudican al mismo ser el garante del orden patriarcal establecido a través de su relación con la iglesia católica.

Los segundos, desempolvando la doctrina peronista, le atribuyen a la mujer un rol en la construcción del Estado Nacional con eje en la familia y en la función de la misma como núcleo central de la comunidad organizada. A lo que añaden, casi sin matices, que el feminismo y las políticas de género, no son más que parte de una agenda colonial y foránea, impuesta por el imperialismo, como política de control de natalidad promoviendo el aborto y para alejar al pueblo argentino de su verdadera identidad: la identidad católica.

En el medio hay innumerables vertientes que buscan hacer posible esta conciliación: la incansable militancia por los derechos de la mujer dentro del movimiento obrero y los movimientos sociales; el enunciado de CFK durante el debate sobre la legalización del aborto “el peronismo debe ser nacional, popular, democrático y feminista”; la incorporación del Ministerio de la mujer por el Gobierno de Alberto Fernandez y la promesa del mismo de encauzar las demandas del feminismo antes de la irrupción de la situación actual por la pandemia.

Desde las predicas del peronismo ortodoxo que sentencia el mito de la “Nación católica”, hasta las proclamas que visten a Evita con pañuelo verde en un intento de tomar el legado de la figura emblemática del peronismo y su rol en la emancipación de las mujeres, hay algunos aspectos que podemos poner en discusión.

¿Qué hacer entonces con ese “gigante invertebrado”? ¿Cuánto hay de verdad o de ficción en ambas posturas extremas que niegan la posibilidad de un feminismo encuadrado dentro de un proceso integral de liberación nacional?

Si “la única verdad es la realidad”, lo que se palpa de ésta, es la creciente masividad del feminismo. La incorporación al debate del problema de la mujer en la sociedad y su antiguo sometimiento al orden patriarcal y la búsqueda constante de romper con el mismo. El feminismo y la lucha de las mujeres han puesto sobre la mesa de la discusión el eterno lugar de sumisión de las mujeres, así como de tantas minorías oprimidas. Ha logrado visibilizar y romper con el molde de pautas culturales. Ha cuestionado el rol social asignado a la mujer de inferioridad con respecto al hombre. Ha sacado a la luz la violencia que la sociedad machista impone sobre las mujeres y ha logrado politizar en este sentido, a grandes porciones de la sociedad.

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Los partidos de ultraizquierda abandonaron hace mucho tiempo (si es que alguna vez se lo propusieron) cualquier intento verdadero de conducir a las mayorías hacia una revolución que nos permita independizarnos del imperialismo y de nuestras clases parasitarias, para convertirse en fuerzas minoritarias con fines electoralistas. Algo que fue planteado por el propio Jorge Altaramira, al cuestionar este oportunismo. En ese plano, montar como plataforma central de sus partidos los reclamos del feminismo, les aporta un valioso caudal de votos. ¿Pero de que nos servirá a las mujeres que se apruebe la ley de IVE, sino es en el contexto mucho más amplio de un proceso de liberación nacional, que posibilite además de la ley, las condiciones reales para incorporar a la vida social y nacional a las grandes mayorías oprimidas? La ultraizquierda carece de programa para esta empresa. Y aunque todas sus políticas los condenan a ser una fuerza minoritaria, insisten en afirmar que la revolución será proletaria (y feminista) contra el orden burgués patriarcal, desconociendo nuestra inserción semicolonial en el engranaje del mundo globalizado y la necesidad irremediable de promover una alianza entre distintos sectores sociales, incluida la pequeñaburguesia, para llevar adelante un camino de liberación nacional.

En una posición similar, la ortodoxia peronista parece desconocer la importancia de fortalecer dentro del movimiento nacional la alianza plebeya construida desde las bases del pueblo. Cuando insiste en afirmar que la agenda del feminismo es foránea y que nos ha sido impuesta para dividirnos, niega la masividad actual del mismo, cayendo en predicas tan sectarias como las de la ultraizquierda. Ignorando que es un reclamo y una necesidad que debe atenderse y entregando, con moño de regalo, a una importante porción del pueblo a ser conducidas por partidos políticos que no pretenden sacarnos de la dependencia.

Esta parte del peronismo, se recuesta en la tesis de la década del 60-70, sobre las políticas imperialistas de control de natalidad en los países periféricos. En aquel momento, Robert McNamara fue impulsor, desde el Banco Mundial, de los programas de control de natalidad y planificación familiar orquestados por EEUU para América Latina.

En plena década del 60, la discusión giró en torno a la aparición en el mercado de las píldoras anticonceptivas que venían a liberar a la mujer en su sexualidad, y el temor generalizado a que fuera una maniobra del imperio para controlar la natalidad e impedir que seamos un país poblado y fuerte. Para el gobierno peronista del 73, el crecimiento de la población era un imperativo y en el Plan Trienal (1974-77) se preveían medidas para aumentar la fecundidad, reducir la mortalidad y fomentar la inmigración.

Como explica Karina Felitti (UBA-Conicet) en su trabajo «La política demográfica del tercer gobierno peronista», una de las medidas concretas adoptadas en el marco de aquel plan: el decreto 658 de 1974, establecía un control más estricto de la venta de anticonceptivos y prohibía las campañas de planificación familiar. Pero ni el peronismo, ni luego la dictadura militar, pudieron sostener la restricción al acceso de los métodos anticonceptivos. Ni se logró con esto un aumento en los índices que aseguran el crecimiento poblacional a largo plazo. Por el contrario, con la restauración de la democracia se tuvo que atender las necesidades crecientes de planificación familiar demandadas por la sociedad, y en particular por las mujeres. Hoy los métodos anticonceptivos modernos se masificaron y su provisión gratuita es parte de las políticas sanitarias. Es impensado para la sociedad actual no contar con herramientas que garanticen la libre elección de la maternidad y la planificación familiar.

Legalizar el aborto tampoco se convertirá en un exterminio indiscriminado de personas por nacer. Tal como ocurre en los diversos países que llevan varias décadas de despenalización del mismo, no aumentará el número total, ni será el reemplazo de prácticas anticonceptivas accesibles. La discusión por la legalización del aborto atraviesa a la sociedad en un sentido horizontal. Conseguir la ley no implica una disputa con el poder económico, ni por el reparto del excedente de la renta. Es una pelea por el empoderamiento transversal del género oprimido con respecto al sistema patriarcal. La mujer decidiendo sobre su propio cuerpo es más libre respecto al hombre y desde ese lugar genera resistencias.

Estos mismos sectores del peronismo, pregonan la base cristiana del pueblo argentino y la doctrina peronista de la comunidad organizada, que le confiere a la mujer un rol social dentro del hogar. Esta base ideológica no puede menos que ponerse en duda en la actualidad, cuando es cada vez más creciente la pugna de las mujeres por cambiar su rol social y equiparar sus condiciones respecto al hombre. En lugar de plantear opciones que contengan todas las necesidades, como un Estado que garantice el reparto equitativo del trabajo doméstico y que brinde herramientas para socializar dichas tareas, el peronismo ortodoxo propone volver al viejo orden de la familia burguesa (o peor aún, medieval) con la mujer orientada hacia la vida doméstica.

No es casual que tengan que recurrir a lo que llaman “la identidad cultural católica del pueblo argentino”. El peronismo histórico, en contradicción con su tarea en el plano material que nos abrió el camino de la independencia y el crecimiento nacional, se valió también de la ideología del nacionalismo católico para imponer una doctrina que promulgaba el fin de la lucha de clases. Esto le permitió cerrar el debate, para evitar que sus bases obreras desarrollen una ideología que pudiera volcarlos a enfrentar a sus patronales. Pero además, este planteo de asociar a “la Nación católica” como indisociable de los valores del peronismo, omite mencionar la hostilidad que el clericalismo desplegó contra Perón y su Gobierno, celoso de que aquel no respetara los supuestos derechos de la iglesia de monopolizar la beneficencia social, así como el rechazo clerical a una acción modernizadora del Estado, que el peronismo impulsaba a pesar de su tradicionalismo ideológico. Y, lo que es peor aún, sin recordar y asumir que los católicos militaron en la formación de los comandos civiles del 55, codo a codo con el gorilismo “laico”.

En esta pretendida vuelta, sin matices y sin actualización, al legado de Perón, también se distorsiona el rol que cumple el Papado de Francisco. Las profundas transformaciones dentro de la Iglesia Católica, su cambio de rumbo y enfrentamiento al sistema capitalista global, responden a múltiples factores, entre ellos a la necesidad de supervivencia de la Iglesia como institución garante de un orden moral. En un mundo en el cual el capitalismo en su etapa financiera parece no tener destino de supervivencia o de garante de un orden a largo plazo, la tarea de Francisco no parece ser volver a sentar las bases de la familia burguesa, sino más bien, rescatar a la Iglesia del caos sin retorno para devolverle autoridad y credibilidad en un mundo que se avizora incierto.

Y es en este futuro incierto, acelerado y agudizado por la pandemia, donde nos corresponde más que nunca plantearnos cuál es el la misión que debemos asumir desde y con el movimiento feminista. Liberar a la mujer de la opresión patriarcal solo es posible en el contexto amplio de la liberación de nuestra Nación de la opresión imperialista. EEUU y la Unión Europea están inmersos en una crisis de la cual probablemente salgan muy debilitados y en la historia reciente, los acontecimientos que hicieron temblar a los centros del poder mundial, favorecieron los intentos del mundo periférico por independizarse. El feminismo no puede ser ajeno a esta tarea.

* https://www.laizquierdadiario.com/Peronismo-y-feminismo-en-la-historia-mitos-y-verdades


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