Argentina – Estados Unidos: apuntes sobre una historia de la infamia/Javier De Pascuale

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Una densa malla de hilos de acero construida pacientemente desde hace 163 años ata las decisiones que se toman en los escritorios más grandes de Balcarce 50 a lo que suceda a casi 9000 kilómetros de distancia, en la capital de los Estados Unidos de Norteamérica. Los 49 presidentes que tuvo nuestro país en su historia independiente firmaron nada menos que 275 tratados bilaterales con los EEUU, a razón de seis por mandato. Quizás algún exagerado podría decir que gobernar el país, ha sido para muchos mandatarios buscar algún acuerdo con la gran potencia del Norte. Por supuesto, para algunos más que para otros, porque “no todos han sido lo mismo”. Los gobiernos de Carlos Menem y Fernando De la Rúa, por ejemplo, produjeron en una docena de años nada menos que 106 tratados con Washington. Imagine el lector el nivel de confianza que existía entre los funcionarios de Cancillería y del Departamento de Estado, después de tejer con paciencia oriental una decena de acuerdos cada año, sacrificando vacaciones y extremando el estudio de la lengua de Shakespeare en pos de profundizar lo que un canciller de aquel momento graficó como “relaciones carnales” entre los dos países, o lo que el Bardo de Avon llamaría “relación de vasallaje” entre el siervo y su amo. En contraste con aquella hiperactividad, los funcionarios de Cancillería se tomarían un largo respiro bajo la presidencia de Néstor Kirchner, periodo bajo el cual el ministro de Exteriores Rafael Bielsa firmó un solo tratado bilateral con la potencia del Norte, referido al control del tráfico de drogas. Y lo hizo casi de casualidad, porque era un negocio de Eduardo Duhalde que se demoró un par de meses más de lo debido, para caer en otra administración.

Volviendo a la historia de relaciones bilaterales soldadas a fuego, la historia que puede estudiarse en la Dirección de Tratados de Cancillería reserva el curioso detalle que el primer bilateral fue firmado el 9 de julio de 1853. El día que la Asamblea juraba la flamante Constitución de esta nueva y gloriosa Nación, John Pendleton, rubio representante del gobierno del Norte preparaba los papeles que una hora después firmaría el presidente provisorio Salvador María del Carril, una suerte de Federico Pinedo del siglo diecinueve, que ocuparía el sillón rivadaviano por poco tiempo antes de secundar a Urquiza. Establecía aquel vergonzoso instrumento de la libre navegación de los ríos Uruguay y Paraná para todo buque mercante que portara el pabellón estadounidense, extendiendo aquella inmunidad incluso a los tiempos de guerra. Hacia el futuro, el tratado preveía además que “cualquier favor o inmunidad que la Argentina conceda a cualquier otra nación se extenderá igualmente a los Estados Unidos”. Podríamos decir que allí nacían las relaciones carnales, con el surgimiento mismo de la Nación. Para completar el cuadro, recordemos que Del Carril pasaría tristemente a la historia como el hombre que le pidió a Lavalle que fusilara a Dorrego. Y Pendleton, apodado “The lone star” en su época (la estrella solitaria, por ser el único whig -liberal- de Virginia), engrosaría el salón de héroes del país del águila calva tras celebrar contratos de vasallaje con Chile, Paraguay y Uruguay, además de la Argentina. Su casa es hoy monumento histórico.

Lo interesante del caso es que después de esa larga marcha de dos siglos por la construcción de un corsé normativo que nos atara a la potencia del Norte, los beneficios en metálico de tal alianza brillan por su ausencia, por lo menos en el comercio. La Argentina es uno de los pocos países de la región americana que pierde plata en el intercambio de mercaderías con los Estados Unidos. Despachamos con ese destino poco más de tres mil millones de dólares en productos (en su mayoría primarios), mientras que compramos a su industria productos por casi ocho mil millones, siempre hablando en su moneda. Para el decisor de políticas de comercio en Washington, que está sentado sobre un volumen de intercambio con el mundo de más de 4 millones de millones de dólares, la Argentina es un cliente que representa el cero-coma-cero-dos-por-ciento de su comercio. Si Donald Trump se parara en un auditorio de 500 personas que representaran los socios comerciales de su país, México ocuparía 100 butacas y la Argentina una. Grave contraste de la historia, 275 tratados para venderles te, vino, miel y cueros y además, perder plata. Pasa que como en el infierno del Dante, donde el descenso a los horrores del Averno es interminable, el camino de las relaciones bilaterales desequilibradas por la sumisión tampoco parece terminar nunca. Senderos de traición, propios de aquella tragedia de Shakespeare donde los hombres que los transitaban portaban puñales en sus sonrisas y donde la cercanía entrañaba peligro: cuanto más cercanos son, más sangrientos, advierte la tragedia y es casi una lección para nuestra diplomacia.

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