Un año de cambios/Enrique Lacolla

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El presidente de Turquía Recip Tayip Erdogan, junto a su par de Rusia Vladimir Putin.

El año que termina ha visto muchas variantes que expresan mutaciones importantes en la corriente de los asuntos mundiales. No son las menores el resurgimiento ruso y el desastre que está acarreando la restauración neoliberal en América latina.

La palabra cambio no tiene un valor positivo ni negativo. Expresa transformación, pero la naturaleza de esta depende de quienes la actúan. El año 2016 ha sido sin duda un año de cambios. Hay muchos datos que lo ilustran: la cascada de derrotas sufridas por los movimientos progresistas en América latina, que revierte una tendencia que había aflorado con el siglo y que insinuaba una recuperación de las banderas antiimperialistas e integradoras en el subcontinente; la derrota de Hillary Clinton y la instalación de la inquietante incógnita significada por Donald Trump a las puertas de la Casa Blanca; el renacimiento del protagonismo ruso en el ámbito internacional y su evidente decisión de poner freno a las ofensivas con que occidente la ha hostigado a lo largo de dos décadas; y la consecuencia directa de este resurgimiento, expresada con la dramática y efectiva aparición del poderío militar ruso en Siria y con la conformación de una plataforma estratégica significada por el pacto implícito que asocia a Rusia, Turquía, Irán y Siria para acabar con el ISIS, el espantajo creado por la CIA, el Mossad, el MI 6 y la misma Turquía para generar el caos en el medio oriente.

El caso turco ilustra con pertinencia la naturaleza pragmática y el carácter de realismo desnudo y brutal que caracteriza al “cambio” en las relaciones globales. Junto a Estados Unidos, Turquía estuvo muy involucrada en el apoyo al ISIS. Su presidente Recip Tayip Erdogan pretendía usarlo como expediente para potenciar la presencia turca frente a Siria e Irán y afirmar su ambición de reeditar en la región el área de influencia del viejo imperio otomano, a la vez que para atacar a los kurdos y acabar con sus pretensiones de formar un estado autónomo. Pero sucede que Estados Unidos apoya a su vez a los separatistas kurdos que enfrentan a Turquía y que son agredidos por el ISIS, porque Washington se opone a las ambiciones territoriales de Erdogan en el norte de Siria. El objetivo de la OTAN (de la cual Turquía forma parte) es fragmentar tanto a Siria como a Irak, lo cual la lleva a apoyar a los separatistas kurdos. Este intríngulis llevó al frustrado golpe contra Erdogan organizado por la CIA y a la abrupta asociación del mandatario turco con Rusia y con Irán. La Organización del Tratado del Atlántico Norte queda así a un paso de su fractura, pues Turquía es la pieza clave de su frente sur. ¡Qué rompecabezas! Y qué señal de lo provisorio y cambiante de todo.

Por otra parte el Brexit –esto es la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea- es otra señal transparente del resquebrajamiento de esta última.” Last but not least”, en la lista de cambios hay que tomar en cuenta la pirueta de Obama que, de pronto, retira a Israel el apoyo que uniforme y obstinadamente Washington había dado a todas las agresiones y salvajadas que el estado judío ha desarrollado durante su corta historia arguyendo su derecho a la legítima defensa.[i] Es cierto que la última resolución de Obama es un lujo que puede permitirse un presidente que deja su cargo y que con seguridad será enmendada por su sucesor, pero el dato no deja de estar presente y corregirlo puede poner en dificultades a Trump, cuya base electoral no debe tener mucha simpatía hacia el lobby proisraelí que tan fuerte influencia ejerce en Washington y en Wall Street.

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Dos representantes del “cambio” en la región: Michel Temer y Mauricio Macri.

En América latina la oleada de un cambio reaccionario se ha hecho sentir con una fuerza desconcertante para quienes habían creído en la inmutabilidad del diseño progresista que arrancara con presidencia de Hugo Chávez en Venezuela. La verdad es que la facilidad con que se han derrumbado las estanterías del llamado progresismo en Argentina y Brasil, y la tambaleante posición de Maduro en Venezuela indican –en especial en lo referido a Argentina y Brasil- que el sistema de dominación instaurado por las oligarquías y la burguesía dependiente en todos nuestros países no va a ser afectado mientras no se ataque al pilar que los sostiene: la desigual distribución de la renta y los expedientes sobre los que esta se construye. Es decir, un sistema brutalmente regresivo de tributación impositiva y la fuga endémica de capitales al exterior, absorbidos por la aspiradora del imperialismo y que pasan a formar parte de la economía suntuaria y rentística del sistema-mundo con epicentro en Estados Unidos.

Mientras la máquina succionadora del imperialismo persista y siga sostenida por su aparato militar y escudada por el blindaje mediático construido para hacerla invisible, la lucha puede parecer vana. Pero no es así.

La cuestión pasa en buena medida por la construcción de una conciencia crítica y por perder el miedo a recoger las lecciones de la historia, que ofrece muchos ejemplos de grandes batallas contra el capitalismo, en ocasiones victoriosas. La derrota del experimento comunista y el eclipse de la utopía socialista sumieron en el desconcierto a mucha gente, exponiéndola, desarmada, a las políticas de desinformación que produce el enemigo, que se hace invisible tras la veladura de su triunfo aparente y el imperio del discurso único. Pero “la letra con sangre entra” y la desarticulación del sistema y el caos que este engendra terminarán devolviendo a la conciencia a las masas de gente que hoy deambulan por el mundo como zombies que sólo responden a los estímulos de la pantalla del televisor.

Estrategia y balance de poder

Una de las claves para entender lo que pasa y saber dónde estamos en esta marejada de cambios es entender la configuración geopolítica del mundo y la cuestión del balance de poderes. Pues el imperialismo capitalista es la expresión extrema y más prepotente de las colisiones que se producen a propósito de esas dos cuestiones. Las dos guerras mundiales se verificaron en torno a las contradicciones del sistema y al intento de resolverlas por la fuerza. El contorno ideológico que asumieron esas contradicciones diseñó la psicología política de nuestro tiempo. El intento nazi de comenzar a ordenar el mundo a partir de una concepción esclavista de este, basada en un nacionalismo biológico, fue una de ellas. El comunismo, por su parte, arrancaba de la creencia de que el capitalismo no es “el fin de la historia”, que ha cumplido su ciclo y que debe dejar el lugar a una forma más alta de organización social. Por último, el capitalismo neoliberal y anárquico que ahora se aferra más ciegamente que nunca a su proyecto hegemónico, reproduce en el fondo lo mismo que pretendía Hitler, pero a una escala infinitamente mayor y utilizando los recursos formales de una legalidad ficticia. Con su disfraz de rigor jurídico y su pose humanitaria inflada por los medios, es un proyecto al que la supremacía tecnológica, militar y sobre todo comunicacional acuerda a veces un aspecto persuasivo. Se trata de un fenómeno más flexible y por lo tanto mucho más peligroso que la distopía hitleriana.

Para escapar al torno que nos oprime, el núcleo del sistema dominante tiene que ser debilitado, tanto en su faz económica como propagandística. Para ello la existencia de un poder alternativo que sea capaz de contrabalancear su fuerza es determinante. No importa que no sea el modelo impoluto de superación que los cándidos esperan; de lo que se trata es de que emerjan alternativas que sean capaces de medirse con el núcleo duro del imperialismo. En este sentido la aparición del BRICS y sobre todo de la Organización de Cooperación de Shangai y del binomio China-Rusia que en ella se expresa son factores capaces de equiparar los platillos de la balanza del equilibrio mundial. Esto exaspera al sistema y lo hace doblemente peligroso. Es un precio a pagar y que escapa a cualquier determinación voluntaria de quienes protagonizan la resistencia al modelo que muere. El tiempo de cambios que se abre en el mundo va a ser muy riesgoso, al menos tanto como el que precedió a las guerras mundiales. Dependerá de la inteligencia, del azar… y de la fuerza bruta, que este curso sea más o menos catastrófico. Pues su naturaleza se forjará en su hacerse. La obligación de quienes quieran orientarlo en sentido positivo será evaluar lo que sucede con la perspectiva de la historia, pero no para esperar reediciones imposibles de fenómenos que fueron, sino para aprender de las formas que estos tienen de manifestarse y que, si pueden parecerse, jamás se repiten. No se puede esperar al cañonazo del “Aurora” para suponer que la revolución ha recomenzado, ni forjarse ilusiones acerca de “convertir a los Andes en la Sierra Maestra de América latina”. Hay que atender a los fenómenos que ocurren y apoyar las opciones que mejor sirvan para debilitar al enemigo principal, que es el imperialismo norteamericano, sus estados vasallos nucleados en la Unión Europea y las oligarquías financieras y empresariales que nos mantienen sojuzgados. Nada de esto va a hacerse de un momento para otro, en especial por la confusión que producen las muchas variantes del discurso dominante en poblaciones a las que intenta descerebrar para reducirlas a la impotencia. Pero la crisis suele suministrar lecciones y aprendizajes acelerados. Y, tal como vienen las cosas, tanto en el mundo como entre nosotros, no va a pasar mucho tiempo antes de que la realidad nos ponga frente a opciones a las que sólo se podrá responder mediante algún tipo de praxis política sostenida por el pensamiento crítico. El capitalismo imperialista ha traspasado el límite de su vida útil y sólo puede producir un caos creciente. Las dificultades que hay para encontrar una alternativa sistémica no excusa del deber de buscarla, pues en ello les va la vida a las generaciones futuras.

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[i] Estados Unidos se abstuvo de votar una resolución del Consejo de Seguridad que condena la política israelí de establecer colonias en los territorios ocupados y exige su cese “inmediato y completo”. Al abstenerse de aplicar su capacidad de veto, Washington permitió que el texto saliese adelante con el respaldo de todos los otros miembros del Consejo.

 

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