Malvinas y el cine/Facundo Piai

18451297.jpg-r_1280_720-f_jpg-q_x-xxyxxA 35 años de la guerra por la recuperación de las islas usurpadas por el imperialismo británico, nuestra industria cinematográfica sigue ausente en la producción de relatos que abonen al orgullo nacional y recuperen la ciclópea gesta de nuestros soldados. El cine está en deuda con nuestros héroes de Malvinas.

A lo largo de la historia, los conflictos bélicos abonaron innumerables relatos, materializados en diversos soportes de acuerdo al tiempo en que fueron producidos. Relatos matizados de acuerdo a una multiplicidad de factores y condiciones que se presentan a la hora de construir un acontecimiento para luego difundir en forma masiva e incidir en la opinión pública. El dato relevante que merece ser atendido es la tendencia presente en la mayoría de las historias sobre la guerra, me refiero al patriotismo y la cuestión del altruismo heroico de quienes se baten a muerte defendiendo su territorio y pueblo. El hecho de que estos tópicos se encuentren ausentes en el relato que desde nuestro cine se hace de Malvinas debe hacernos reflexionar, ya que da cuenta del discurso social que hegemonizó y hegemoniza la escena de lo dicho sobre el acontecimiento. Al parecer, según nuestra cinematografía, la Argentina puede tener militares autoritarios y violentos y víctimas, nunca héroes.

A diferencia de las batallas independentistas, en donde prima un consenso de base nacional y una visión más o menos homogénea, no ocurre lo mismo respecto a las islas del sur. Es indudable que cuesta analizar lo ocurrido al haber sido Malvinas una táctica de los militares para recuperar el consenso social derruido tras una crisis económica extensa y represión constante. También es claro que la cúpula militar no esperaba una confrontación armada, ya que al considerarse aliados del capitalismo occidental en la batalla contra la amenaza soviética asumían que podían recuperar el territorio mediante una negociación. El error de cálculo fue asumirse aliado, cuando, en realidad, tanto ingleses como yanquis consideraban a la Argentina como una célula lacaya, nunca un par. Y frente a la desobediencia del súbdito era necesario restablecer el orden global que se basa en dos polos: el sector imperialista dominante y los países sometidos o semicoloniales, dentro de los cuales estaba la Argentina. De este modo la dictadura se vio forzada a un enfrentamiento militar con el enemigo real del país.

Este enfrentamiento fue ampliamente respaldado por el pueblo, puesto que la reivindicación malvinera era un sentimiento permanente en el seno de la cultura nacional. La plaza de mayo fue un claro ejemplo de ello, en donde hubo una gran manifestación en apoyo a la recuperación de “la hermanita perdida”, no de Galtieri, quien fue silbado cuando intentó capitalizar políticamente este episodio al lavarle la cara al régimen militar. Luego de la guerra, muchos intelectuales socialdemócratas desprovistos de sentir nacional -sentimiento desconocido por las frías academias- avizoraron erróneamente a este episodio como un apoyo del pueblo a los dictadores y con ello a sus prácticas de tortura y exterminio. Y para sacar al pueblo de tal vergüenza proponen la desmalvinización como idea fuerza.
Como contrapartida, un grupo de militares de extrema derecha se manifiesta en contra de las posturas oficiales antinacionales dejando a la cuestión Malvinas dirimida entre socialdemócratas y nacionalistas descompuestos, reivindicadores de los símbolos patrios en abstracto y solidarios con sus compañeros de armas implicados en las desapariciones y torturas de los setenta. Muchos de ellos liberales en su concepción económica, el coqueteo constante de Aldo Rico, ex Teniente Coronel, con el PRO lo confirma.

En ese sentido actuó la industria cinematográfica. Desde la conclusión del conflicto (20 de junio de 1982) hasta la fecha se ha producido una gran cantidad de material fílmico sobre el asunto. Todas tienen dos elementos en común: fueron producidas durante el contexto democrático y ninguna película presenta a los soldados como héroes, ni a Thatcher como la mandataria de un país imperialista. Recurrentemente, en todos los relatos el soldado es construido como una doble víctima que obtuvo el castigo casi lógico por desafiar a una potencia. No hay relatos heroicos, no hay estima nacional, ni mucho menos una defensa de la patria y el interés de las mayorías nacionales.

iluminados_por_el_fuego-314900268-largeimageLOS-CHICOS-DE-LA-GUERRA1

Los Chicos de la Guerra (de Bernardo Czemerinsky), Iluminados por el Fuego (Tristán Bauer) o La deuda interna (de Miguel Pereira), por mencionar las más reconocidas y representativas, son relatos por demás derrotistas, casi autoflagelantes. Parecería ser que tienen una moraleja autodisciplinadora que imposibilita a la Argentina ser partícipe de grandes patriadas. Quizás la más interesante sea El Visitante (de Javier Olivera), su narrativa cinematográfica y guión original la destacan del resto. También porque las situaciones que viven sus protagonistas traslucen una denuncia solapada al ninguneo que sufrieron los combatientes una vez vuelta la democracia. Donde la falta de reconocimiento que es simbólica, social y económica, deja sus huellas en los cuerpos y psiquis de quienes combatieron.

En contraposición, la película alemana El Puente (Die Brücke) del director Bernhard Wicki cuenta la historia de cómo un grupo de niños alemanes se levantan en armas, dada la debacle de la fuerza alemana y se enfrentan al ejército de los Aliados para defender su pueblo del invasor. Este relato, publicado en 1959, es relevante porque reivindica el sentir nacional, principal aglutinante de un pueblo, sin legitimar al régimen nazi. De ninguna manera es una película de propaganda hitleriana ni a favor del Tercer Reich. Pese al nazismo, con todo lo que ello implicó, e inclusive a haber perdido una guerra frente a potencias mundiales para expandir sus dominios políticos y económicos, Alemania Occidental no dejó de sentir orgullo por su nacionalidad e historia. Por el contrario, este romántico relato heroico lo rectifica.

La desmalvinización y sus esbirros

La desmalvinización comienza a desarrollarse ni bien asume el Dr. Alfonsín, padre de la democracia formal y vago alumno de la democracia real. Gobierno que renegó de todo lo que estuvo relacionado con la institución militar, menos con la política económica instaurada por la junta militar en resguardo de los intereses del bloque económico de poder dominante. Poder real al cual el gobierno radical respondió íntegramente con su política económica regresiva y con su batalla declarada a los trabajadores. El gobierno del Dr. Alfonsín logró relacionar a la UCR con el tópico democracia y derechos individuales (pese a que participaron de cuanto golpe de Estado hubo en la Argentina; la desafortunada consideración de Balbín para con Videla, a quién llamó “soldado de la democracia”; y la insoslayable complicidad con la última dictadura militar, la cual le permitió continuar con su mandato a más de 300 intendentes radicales) y también logró con éxito la disociación entre el ejército y la democracia, imposibilitando una transformación íntegra que permita la reintegración del mismo a la vida democrática como pilar fundamental del Estado nacional. Situación que fue muy bien vista por los ingleses y la OTAN, cuya estrategia en el territorio latinoamericano se veía complicada por el amplio apoyo de gran parte de la región a nuestro país. Unidad geopolítica sin continuidad durante el radicalismo.

En una entrevista televisiva de Humberto Gambini a Jorge Abelardo Ramos en el programa Derecho a Réplica, el autor de Historia de la Nación Latinoamericana da en los puntos claves de la desmalvinización organizada. Ramos denunció  arbitrario al fallo judicial que condenó a los tres hombres que llegaron a ocupar Malvinas, mientras que el tribunal absolvió a quien se rindió, el General de brigada Mario Menéndez. “La sentencia deshonra a la nación y ha sentado a nuestra desventurada patria, vocablo poco usual en la democracia alfonsinista, en el banquillo de los acusados ante la opinión pública. No se trata de ganar o perder una guerra, sino de luchar para tener una patria territorialmente integrada, ya que el suelo patrio es la ley suprema de todo argentino”, concluyó categóricamente el ex dirigente del FIP, pero también propuso el disparate de condecorar a los comandantes.

Nuestra democracia sigue en deuda con los héroes de Malvinas. Nuestra democracia sigue en deuda con los valores patrióticos nacionales. En consecuencia, el relato cinematográfico sobre la guerra es hijo de su época. Como tal, se alimenta de esa gnosología reinante y al mismo tiempo, al no criticarla, la nutre, fortaleciendo una visión del mundo ajena al interés nacional. Eso quiere decir que la desmalvinización forma parte de las condiciones de producción de esos discursos. Construcciones que al difundirse masivamente alimentan un discurso social que se erige como hegemónico. Hegemonía que ha de combatirse desde la esfera política hacia la cultural o puesta en tensión desde producciones cinematográficas que critiquen al relato oficial de la desmalvinización para generar cambios en la opinión pública reinante. Toda épica se construye, y no necesariamente desde un realismo barroco, sino desde un mensaje ético-político que es bienvenido (y hasta necesario) si contribuye al interés nacional y las buenas costumbres.

2 comentarios en “Malvinas y el cine/Facundo Piai”

  1. Rescato el accionar de los soldados que lejos de saber adónde y a qué iban, les pusieron un viejo fusil entre las manos, les dieron un pobre calzado, los mataron de hambre, los estaquearon y torturaron, pero jamás puedo pensar en que los jefes militares tuvieron una pizca de patriotismo. Se es o no se es. Si fueron culpables de las atrocidades en la dictadura, no pueden haber sido buenos soldados en la guerra. Creo que se podrán rescatar las acciones individuales de los soldados pero jamás la de los oficiales.

  2. Un importante aporte el de Facundo Piai, por cierto, y en general es indudablemente de lo mejor que se ha escrito en nuestro país sobre las relaciones entre la expresión artística y la experiencia histórica de nuestro pueblo.

    Desearía hacer algunas puntualizaciones, sin desmedro de lo anterior (que no obra como antecedente de una serie de palazos, práctica detestable, sino como un sincero reconocimiento a un trabajo de excelente nivel).

    a) Dice Facundo que “cuesta analizar lo ocurrido al haber sido Malvinas una táctica de los militares para recuperar el consenso social derruido tras una crisis económica extensa y represión constante”.

    Lo que sucedió fue bastante diferente. Las FF.AA. de la Argentina se vieron obligadas a responder a un crescendo de provocaciones británicas que, ellas sí, formaban parte del plan de Margaret Thatcher para mantenerse en el poder y dar acabamiento a la faena a la que se había abocado: quebrar el espinazo del movimiento obrero en el Reino Unido.

    La Guerra de 1982, es importante recalcarlo, no se inició DESDE la Argentina. Fue impuesta al gobierno argentino por el régimen imperialista de Margaret Thatcher.

    Debemos admitir que el movimiento popular de repudio al régimen de 1976 recién estaba iniciándose, y que el 30 de marzo habíamos sido minuciosamente apaleados y adobados en gas lacrimógeno en la Plaza de Mayo y otros puntos del país. No había riesgo inmediato de terminación del régimen militar, y no necesitaba Galtieri (ni nadie) iniciar una guerra patriótica para mantenerse, al menos al corto plazo visible, en la Casa de Gobierno.

    Lo que ocurrió, en realidad, es que los cálculos imperialistas (los militares argentinos se rendirían antes de combatir, y en eso coincidían con la cúpula cipaya, que creía, como bien dice Facundo, que no habría guerra porque éramos aliados) saltaron por los aires cuando el pueblo salió masivamente a poner a los mandos militares (no a los que fueron al combate, porque ellos demostraron en el terreno si eran patriotas leales o no) entre la espada y la pared.

    El error de cálculo NUESTRO es, efectivamente, el que propone Facundo: “asumirse aliado, cuando, en realidad, tanto ingleses como yanquis consideraban a la Argentina como una célula lacaya, nunca un par.” Pero ese error de cálculo explica los problemas que tuvimos para vencer en una guerra que, en rigor, había buenas posibilidades de al menos prolongar hasta que al Reino Unido, en plena crisis, se le hiciera intolerable mantenerse sin negociación alguna. No explica el origen de la guerra: la agresión británica, en particular en las Georgias del Sur.

    b) de allí se deriva lo que me parece un segundo error de análisis, secundario pero que merece ser pensado. Dice Facundo que en la Plaza de Mayo el pueblo expresó su apoyo a la causa de las Malvinas y no a un “intento de lavar la cara” del régimen por parte de “Galtieri, quien fue silbado cuando intentó capitalizar políticamente este episodio al lavarle la cara al régimen militar”. En rigor, fue silbado más que nada cuando intentó sugerir o subrayar que pronto habría una solución negociada a este conflicto, quitándole importancia y revelando así, claramente, la escasa voluntad de combate que aquejaba al alto mando.

    c) también deriva de allí la idea de que “muchos intelectuales socialdemócratas … avizoraron erróneamente a este episodio como un apoyo del pueblo a los dictadores y con ello a sus prácticas de tortura y exterminio. Y para sacar al pueblo de tal vergüenza proponen la desmalvinización como idea fuerza.”
    En rigor, lo que los “intelectuales socialdemócratas” no querían era que se sacaran las conclusiones a las que la guerra, de haber sido llevada con real vocación patriótica e independientemente del régimen que gobernaba, llevaba inexorablemente: para vencer, hay que lanzar un proceso de liberación nacional. El temor era ése, no el de un “apoyo popular a los dictadores”.

    d) otra precisión: es incorrecto decir, como dice Facundo, que la “desmalvinización comienza a desarrollarse ni bien asume el Dr. Alfonsín, padre de la democracia formal y vago alumno de la democracia real.” Ésa es la versión del oportunismo hacia las Fuerzas Armadas que esgrimieron algunos políticos argentinos (incluido, ay, uno de los principales referentes de la Izquierda Nacional, Jorge Abelardo Ramos).

    La desmalvinización siempre estuvo latente o en marcha, desde antes de la llegada de Alfonsín al poder. De hecho, se hizo ver su cabezota ya en el poco recordado golpe de estado interno en el que los sectores más cipayos de las FF.AA. colocan en el poder al General Bignone, quitándolo del medio a Galtieri que, como cualquier testimonio demuestra, quería seguir combatiendo.

    Ni las FFAA tuvieron la perfidia necesaria para intentar el riesgo de legitimarse a través de una guerra nacional, ni los civiles (le tocó a Alfonsín, pero hay que ver lo que hubiera hecho el peronismo) fueron los responsables de la desmalvinización. No se trata de hacer “política de sastrería” al revés, negando la existencia de desmalvinizadores de uniforme. De no haber existido éstos, la guerra no hubiera terminado como lo hizo.

    e) en ese sentido, también, el “disparate de condecorar a los comandantes” fue mucho más que un disparate de Jorge Abelardo Ramos: fue la expresión de una política que había perdido ya entonces el rumbo de conexión entre las reivindicaciones nacionales y las reivindicaciones democráticas del pueblo argentino. No servía para reconectar ambos planos de lo real, pero sí sirvió para desprestigiar a la Izquierda Nacional, algo que resultó extremadamente funcional para el régimen oligárquico.

    f) finalmente, para terminar en el mismo tono en que empezamos, afirmo que el suscribo desde la primera hasta la última letra el último párrafo del artículo, el que dice que “Nuestra democracia sigue en deuda con los héroes de Malvinas. Nuestra democracia sigue en deuda con los valores patrióticos nacionales. En consecuencia, el relato cinematográfico sobre la guerra es hijo de su época. Como tal, se alimenta de esa gnosología reinante y al mismo tiempo, al no criticarla, la nutre, fortaleciendo una visión del mundo ajena al interés nacional. Eso quiere decir que la desmalvinización forma parte de las condiciones de producción de esos discursos. Construcciones que al difundirse masivamente alimentan un discurso social que se erige como hegemónico. Hegemonía que ha de combatirse desde la esfera política hacia la cultural o puesta en tensión desde producciones cinematográficas que critiquen al relato oficial de la desmalvinización para generar cambios en la opinión pública reinante. Toda épica se construye, y no necesariamente desde un realismo barroco, sino desde un mensaje ético-político que es bienvenido (y hasta necesario) si contribuye al interés nacional y las buenas costumbres”.

    Dadme una coincidencia y construiremos una patria, decía Arturo Jauretche. Éste es uno de los casos.

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