Mayo y la unidad latinoamericana/Roberto Ferrero*

La Revolución de Mayo como acontecimiento de profundo impacto político en su época, es uno de los fenómenos más complejos de nuestra historia, y por eso el más difícil de interpretar. Despertó, y aún continúa haciéndolo, innumerables polémicas y un sinfín de interpretaciones, no sólo en la historiografía Argentina sino en todos aquellos que han ensayado una  lectura sobre los orígenes de nuestro país. Según sea la que adoptemos será también cómo enfocaremos todo nuestro pasado y por ende nuestro presente.

La herencia  de Mayo es la idea de independencia vinculada a justicia social, pero no limitada a las provincias del Río de la Plata, sino continental, hispano-americana y latina.

Retomando las interpretaciones que vinculan a este acontecimiento con  la prolongación en el nuevo mundo de la conmoción nacional de la vieja España, que pugnaba también por  liberarse del yugo absolutista, nos preguntamos: ¿Quiénes fueron los vencidos? ¿Cuáles fueron las causas de que un proceso independentista continental termine fragmentado?

A partir de estas preguntas es que proponemos pensar a la Revolución de Mayo como un proceso de unidad y emancipación continental de la gran Nación Hispano-americana que no pudo ser. Hoy urge volver a construir los proyectos de Bolivar y San Martín, como el único camino para la liberación definitiva de nuestra América.

La unidad latinoamericana debe pensarse en una confederación de naciones, donde los ejes sean la integración energética, científico tecnológica, monetaria, financiera, militar, en infraestructura y sustentada en criterios de solidaridad y no en un simple mercado ampliado para beneficio de empresas monopólicas internacionales y o de capitales americanos.

*Publicado originalmente en Redacción Popular el 21/05/2010.

La derrota de los revolucionarios de Mayo

Es un lugar demasiado común la afirmación de que a la historia la escriben los vencedores. La revolución de Mayo no es una excepción: el relato de sus hechos y su devenir fue formulado por quienes vencieron política y militarmente en 1810 y de nuevo en Caseros y Pavón, vale decir: las fuerzas del liberalismo decimonónico, de Rivadavia a Mitre.

san-martin-y-bolivarAdelantando así el concepto, pareciera que los vencidos en ambas ocasiones fueron las fuerzas del conservadurismo porteño, primero el saavedrismo y luego el rosismo. Sin embargo, éste es un error: los derrotados fueron Saavedra y Don Juan Manuel de Rosas, pero no el saavedrismo ni el rosismo en cuanto a estructura de poder terrateniente y vacuno hegemónico del Río de la Plata. Tanto la Revolución de Mayo como los triunfadores de Caseros y Pavón preservaron intactas las relaciones de producción basadas en el control del latifundio y los ganados.

En realidad, los vencidos de Mayo y después, fueron otros: los jacobinos revolucionarios que – a diferencia de Saavedra, el Dean Funes o Rivadavia, partidarios de la mera Independencia- soñaron con unir la Independencia a la Revolución. Fueron Moreno, Belgrano, Castelli, Güemes, Artigas y San Martín, quienes planearon hacer de la emancipación americana, no un reaseguro de la dominación de las aristocracias hispano-criollas, sino el punto de arranque de una evolución social y política que pusiera en primera línea los intereses de las grandes mayorías populares: mestizos, negros, indios, gauchos y paisanos pobres. Derrotado fue Mariano Moreno y su genial “Plan de Operaciones”, que preveía la construcción de un Estado intervencionista propulsor de la industrialización y la autonomía económica; Juan José Castelli que llevó la revolución al Alto Perú y proclamó la abolición de la servidumbre indígena; Belgrano que desde las páginas del “Correo de Comercio”, bregaba por el proteccionismo y el desarrollo de manofacturas nacionales; Güemes que estableció el “fuero gaucho” y protegió los intereses de sus paisanos frente a la aristocracia salteña; Artigas que diseñó y puso en práctica una original reforma agraria en Uruguay; y San Martín, quien afirmó: “ Yo soy un hombre del partido americano” y luchó no solo por la Independencia, sino por la unidad hispanoamericana.

Todos fueron derrotados, no por falta de inteligencia, que poseían en grado sumo, sino por la inmadurez de la situación histórica. Ni América latina ni el Río de la Plata disponían aún de una poderosa burguesía nacional interesada en la unidad hispanoamericana, vale decir: en la construcción de un gran mercado interno, y dispuesta a apoyar a su representación política como el “Tercer Estado” había apoyado en Francia a Robespierre y los suyos. Sin esa base social, los esfuerzos revolucionarios giraron en el vacío. Las aristocracias hispano-criollas no habían forjado la Independencia para las despreciadas “castas” del pueblo, sino para consolidar en su regazo la totalidad de la renta nacional. No estaban dispuestas a compartirlas ni con la monarquía española, ni con la burocracia virreynal, y menos con las masas oprimidas que la producían con su trabajo, por lo que tampoco estaban dispuestas a dejarse “robar” la revolución por un ala plebeya y jacobina sin respaldo en alguna clase propietaria.

Aquellos planes generosos de equidad y justicia social de los revolucionarios vencidos de 1810 son entonces el legado que debemos recupera en este 25 de Mayo.

Teoría y praxis del legado de unificación

Esas reflexiones deben tener como punto nodal el proceso de unificación de América Latina en la actualidad y su conexión con el fracaso bolivariano de hace 200 años.

Porque hace 200 años, nuestros grandes libertadores, intentaron liberar estos países manteniendo la unidad de la antigua heredad hispánica, pero factores estructurales y la acción balcanizadora de Inglaterra lo impidieron. Luego la idea fue olvidada y se construyeron veinte patrias desmembradas que se ignoraban entre sí, hasta que las tropelías del imperialismo yanky en centro América y el Caribe, a fines del siglo XIX, volvieron a poner en el tapete la antigua concepción unionista a través de las grandes voces de Justo Rufino Barrios, de José Enrique Rodó, de Rubén Darío, de Manuel Ugarte, y de los hombres de la reforma del 18. Pero entonces la gran idea de la unidad nacional se mantenía en la esfera de la intelligentzia, sin descender todavía a una praxis diplomática y política concreta de los Estados hermanos. Perón, que lo intento en los ’50 con el precursor “ABC” (Argentina, Brasil y Chile), no pudo vencer la resistencia de las clases hegemónicas de los dos últimos países, enfeudadas al imperialismo.

Luego las cosas han cambiado favorablemente. El desarrollo de las vías de transporte con el consiguiente incremento del intercambio comercial entre nuestros países y la constitución de gobiernos populares en varios lugares del continente,  colocaron el umbral mínimo a partir del cual fue posible empezar a pensar en forma práctica la gran Nación Latinoamericana, que desde los acuerdos entre Alfonsín y Sarney no ha hecho más que aproximarse, a pesar de previsibles retrocesos parciales, ya que los obstáculos a superar son de gran magnitud.

Este proceso, iniciado de hecho con la aparición en el escenario hemisférico del MERCOSUR y de la Comunidad Latinoamericana de Naciones, ha seguido vías distintas a las indicadas por la profecía de Carlos Marx, según la cual “los países industrialmente más desarrollados no hacen más que poner delante de los países menos progresistas el espejo de su propio porvenir”. Efectivamente, el proceso de constitución de las naciones de Europa Occidental –España, Inglaterra y Francia primero, Alemania y España después y las demás siguiendo- se ha caracterizado por dos notas específicas. Una de ellas, es que el desarrollo de las fuerzas productivas, desbordando los marcos regionales primitivos en que se ahogaban, han exigido la unidad de las regiones que siendo contiguas tenían una lengua y una cultura comunes para lograr así un espacio más amplio que permitiera proseguir con su desenvolvimiento, proceso que a partir de la segunda mitad del siglo XX se repetiría a escala continental con la aparición consiguiente del Mercado Común Europeo y la Comunidad de Naciones Europeas. La otra es que –salvo en esta segunda etapa- las naciones fueron cohesionadas estatalmente por la región de cada una de ellas que concentraba el potencial necesario para obligar al resto a plegarse a la unidad: Castilla en España, el norte parisiense en Francia, Prusia en Alemania, el Piamonte en Italia, etc. Todo en un marco en el que el fenómeno imperialista aún no había hecho su ominosa aparición.

En cambio, entre nosotros, el problema se presenta en otros términos. En primer lugar, no es el desarrollo de las fuerzas productivas -siempre mezquino y acotado por la presencia del imperialismo- el que conduce con energía a la unidad latinoamericana: ese desarrollo sólo pone el umbral mínimo y nada más. En realidad, es la unidad nacional la que posibilitará el pleno desenvolvimiento de las fuerzas productivas que se ahogan en veinte estados producto de la balcanización, y no a la inversa. La unidad es entre nosotros el prerrequisito de un mayor crecimiento del aparato productivo. Y en segundo lugar, no obstante el deseo de Miguel de Unamuno de que en la América Española surgiera un equivalente de Prusia o del Piamonte, no existe ningún país –ni siquiera Brasil- con el peso económico y político suficiente para realizar la unidad continental por la una vía coercitiva. De manera tal, que la gran tarea inconclusa de los Libertadores no permite –al menos en esta etapa- otros medios que los de la diplomacia y la negociación, propios por otro lado de países que se reclaman hermanos y retoños de un ancestral tronco común de civilización. Paralelamente, la estructura de la futura Nación Latinoamericana, en razón de estas diferencias y por el hecho evidente de que dos siglos de separación no transcurren sin dejar su marca en ellas, no puede ser sino de naturaleza federal.

En cuanto a la dimensión imperialista, estructuralmente integrada en nuestras realidades, ella se presenta al menos en dos aspectos. Uno de ellos es el siguiente: los mercados internos de nuestros países se encuentran controlados por grandes empresas extranjeras radicadas localmente, por lo cual la mayor parte de ellas no verían con desagrado una unidad latinoamericana que las provea de un gigantesco coto de caza cerrado para sus negocios de todo tipo. El Departamento de Estado y el Pentágono, como integrantes del estado mayor del capitalismo yanky, -que impone su ley hegemónica a los otros colonialismos- no aceptará nunca de buen grado que su “patio trasero” se organice como una gran Nación unificada e independiente, en razón de que su visión más general de los intereses globales del imperialismo y una perspectiva alimentada a más largo plazo le permiten advertir la amenaza que un tal Estado implica para su supervivencia como potencia mundial depredadora y aún para el régimen mismo de la propiedad privada. Pero los “bussines”, las empresas que han invertido en nuestros países, cuya visión es cortoplacista y no tienen otro horizonte que el de la maximización de sus beneficios en el más corto plazo posible, sí pueden dar un apoyo a los intentos de unificación para alzarse con las ventajas económicas de la misma. De allí que la lucha por la unidad continental no tiene sentido sin la lucha antiimperialista, sin la lucha por reapropiarnos de nuestros recursos naturales, de nuestros servicios públicos privatizados y de nuestras industrias malvendidas por necesidad. De no dar esta lucha, simplemente estaríamos trabajando para el imperialismo, dándonos una base más amplia para una nueva esclavitud. Latinoamérica debe ser para los latinoamericanos.

Un segundo aspecto, ya no estratégico como el señalado, sino de urgencia más inmediata, es la consideración de que el imperialismo no acepta tampoco la existencia de regímenes populares en constante proceso de radicalización, como fue el de Chávez en Venezuela o Evo Morales en Bolivia, como antes no pudo tolerar la existencia de  Cuba revolucionaria. El anillo de fuego de las bases militares instaladas por el imperialismo alrededor de la patria de Bolívar en Colombia, Honduras y las Antillas holandesas así lo prueban.

Los clásicos del marxismo contemporáneo que han abordado esta cuestión, desde Trotsky en Méjico hasta Jorge Abelardo Ramos en sus mejores épocas, han escrito mucho sobre la incapacidad congénita de la burguesía latinoamericana para llevar adelante el gigantesco emprendimiento que el destino ha puesto en sus manos, así como también mucho han escrito sobre la necesidad de que la clase obrera latinoamericana se haga cargo de estas tareas para que el proceso social y político en curso sea llevado a feliz término en los Estados Unidos Socialistas de América Latina. Pero nada –o casi nada- se ha escrito sobre la pequeñoburguesía de estos países, cuyos equipos dirigentes, con todas sus limitaciones, se han puesto sin embargo al frente del proceso de unidad ante la deserción o la inmadurez de las otras clases. Es sólo la concreta situación histórica la que adjudica sus roles a los grupos sociales y a los representantes de ellos. Lo que sí es seguro porque es necesario, es que los sectores populares deben organizarse dejando de lado sus conveniencias sectoriales, tanto a nivel de cada país como a nivel continental, para dar lugar a la constitución de grandes movimientos que sirvan de sustento al esfuerzo de unificación, por un lado, y por el otro, para que breguen para que la unidad no sea la incubadora de nuevas clases explotadoras o el fortalecimiento de las existentes, sino el escenario en donde se desplieguen todas las potencialidades del hombre latinoamericano y se erija una sociedad libre de la necesidad y libre de la opresión.

Para lograr este objetivo está la actividad política, que no es el arte de lo posible, rastrero y sin mérito, sino –aunque lo haya dicho Charles Maurras, ideólogo de la derecha francesa- el arte heroico y esforzado “de hacer posible lo necesario”.

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