Política y medios en la Argentina: la disputa en torno a los proyectos de país (1976 – 2019)/ Mariano Yedro

La relación política y medios masivos de comunicación intenta ser abordada aquí, lógicamente, desde una mirada analítica, desprejuiciada y destacando el trasfondo político de una problemática crucial de la vida democrática argentina. Se aborda sucintamente el período que va desde 1976 a la actualidad.

Desde 1976 hasta 1983 el país fue gobernado por un terrorismo de Estado genocida que sentó las bases del régimen neoliberal que situó a la Argentina nuevamente como país semicolonial, es decir un país independiente jurídicamente pero dependiente económica y culturalmente del imperialismo mundial, el cual actúa en bloque con la oligarquía nativa. Si las fuerzas armadas, en aquél momento moldeadas en su mayor parte a imagen y semejanza del imperialismo mundial, ejecutaron este programa, sus verdaderos propulsores fueron la oligarquía agraria tradicional junto a una emergente burguesía transnacionalizada cuyos apellidos resultan hoy audibles, la familia Macri o la familia Rocca, por ejemplo, y el insoslayable apoyo del capital extranjero. Pero para legitimarse socialmente este régimen neoliberal requirió no sólo de la complicidad de parte de la sociedad civil sino del apoyo mediático de los principales diarios de ese momento: Clarín, La Nación y La Razón los cuáles, además, fueron favorecidos con la privatización de Papel Prensa, empresa que producía, y produce aún hoy, papel para la mayor parte de los diarios argentinos y que nació en 1973 con el retorno del peronismo al poder después de 18 años de proscripción. En un primer momento Papel Prensa quedó a cargo de José Gelbard, el ministro de economía que buscó alentar a la industria liviana de capitales nacionales con el apoyo estatal, proyecto finalmente frustrado acaso por dos motivos centrales, la ausencia de una industria nacional pesada que proveyera a aquélla de insumos básicos y la permanencia del latifundio oligárquico pampeano – corazón de la riqueza nacional – que imposibilitaba una mayor distribución de capitales dirigido, precisamente, a la gestación de una industria nacional pesada y, por ende, al paso de una semicolonia a un país soberano. No obstante y a pesar del apoyo a la dictadura genocida y neoliberal la historia de La Nación y Clarín es distinta aunque ambas formen parte del bloque oligárquico imperialista.

Con el retorno de la democracia y el triunfo electoral del alfonsinismo los medios masivos de comunicación pasaron a jugar un papel rector en el imaginario político neoliberal de la sociedad. Ese triunfo no se daba en el aire sino que ocurría en el marco de la cada vez mayor crisis de identidad de los partidos políticos que unas décadas atrás habían expresado el malestar y la utopía social, en particular el peronismo como ningún otro, más allá de sus aciertos, errores, contradicciones y arrodillamientos. Será a fines de los ´80 cuando el diario Clarín – que se convertirá en el emporio comunicacional de la Argentina – comience a proyectarse, bajo la influencia de Héctor Magnetto, nueva espada de su dueña Ernestina Herrera de Noble, como un multimedios, es decir a expandirse del diario hacia otros medios de comunicación como la radio y la televisión.

La historia de La Nación en tanto instrumento de las clases oligárquicas se remonta a 1870 cuando Bartolomé Mitre, líder local de la burguesía anglocriolla, lo fundó para legitimar el pacto semicolonial de la Argentina con Inglaterra. En la división internacional del trabajo, división que se puede rastrear a los años de la expansión europea, la conquista y la colonización de América, a las por entonces colonias les correspondía proveer de materias primas a los países en gestación que comenzaban el proceso de acumulación originaria del capital, condición necesaria, aunque no suficiente, para el desarrollo del capitalismo a fines del siglo XVIII en Inglaterra. Ya en el siglo XIX seríamos la granja de aquél taller y la burguesía comercial porteña con Rivadavia a la cabeza primero y Mitre después, su principal beneficiaria junto al poder latifundista que también se beneficiaba de la división impuesta por el colonialismo y el imperialismo europeos. La fundación del diario Clarín en cambio se remonta hacia mediados del siglo XX, tímidamente opositor al peronismo avaló, posteriormente, la ideología desarrollista del frondizismo – frigerismo. Ésta si bien en teoría buscaba apuntalar la consolidación de la burguesía nacional – se recuerdan los planteamientos militares a Frondizi – terminó por colocar nuevamente al país en la senda semicolonial. Ante la imposibilidad real de la aplicación de las retenciones, puesto que la Revolución Libertadora del ´55 había disuelto el IAPI, el desarrollismo debió apelar primero a las inversiones extranjeras en petróleo, automotriz y siderurgia que nunca terminaron, lógicamente, de desarrollar la industria nacional, y posteriormente debió recurrir al endeudamiento externo el cual condujo a la traición de la burguesía industrial que no se convirtió en una clase clave del desarrollo autónomo sino en una burguesía transnacional y parasitaria, la cual aprovechando los beneficios de los endeudamientos terminó por convertirse en subsidiaria del imperialismo a la vez que exportadora para el mercado externo pero en el marco de un país semicolonial.

Durante los años del menemismo la cercanía del naciente grupo con los factores de poder le permitieron, ahora sí, constituirse como un poderoso multimedio. La Ley de Reforma del Estado en 1989 permitió que el diario adquiriese Radio Mitre y el Canal 13 de aire – este último por 15 años y posibilidad de una renovación de 10 años más – y entre 1991 y 1994 adquirió TyC Sports y el negocio del canal por cable – alrededor de 240 canales en todo el país -. La nueva etapa de ampliación del capital del diario devenido multimedio pasaba ahora a depender no tanto de la venta del diario sino más bien del negocio del cable. En 1996 adquiría FM 100 y los diarios La Voz del Interior de Córdoba y Los Andes de Mendoza. En la década de los ´90 Clarín se consolidó como uno de los cuatro grandes grupos económicos de medios de comunicación a nivel latinoamericano – junto a Televisa, Cisneros y O’ Globo – a la vez que sus intereses económicos se expandieron al mundo de las finanzas y al mundo agropecuario. Pero hay que destacar que este crecimiento fue posible no sólo por las reformas constitucionales y legales y su acercamiento al poder político sino también por el alto endeudamiento en dólares con acreedores privados externos al que apeló. Esa lógica privada de crecimiento en el marco de la condición semicolonial de la Argentina puede rastrearse, creemos, ya en su temprano crecimiento desarrollista aunque también logró sostenerse y ampliarse en los años del peronismo neoliberal menemista. Hacia fines de los años ´90 el Goliat comunicacional que es Clarín no sólo se ha convertido en el más grande grupo económico de medios de la Argentina sino también en un poderoso grupo de presión ante el poder político, más no omnipotente.

Con el derrumbe delaruista y la llegada al gobierno de Duhalde se puso fin a la convertibilidad. El alto endeudamiento de Clarín en dólares lo colocó al borde de la quiebra mientras Duhalde iniciaba el tratamiento de una ley, que se denominó Ley de Protección de las Industrias Culturales, frente a la posibilidad de que Clarín quebrase y quedase en manos de acreedores extranjeros. Perteneciente a la fracción más conservadora de la burguesía nacional, en relaciones estrechas con los Estados Unidos, probablemente Duhalde haya considerado la necesidad imperiosa de contar con el apoyo mediático del grupo de multimedios más poderoso en tanto matriz de sostén de un proyecto económico demasiado volátil para un tiempo de movilizaciones relativamente dinámicas. La vergonzosa represión que acabó en la masacre de Avellaneda y terminó con la muerte de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán evidenció los límites del duhaldismo, un proyecto económico demasiado dócil a los dictámenes del norte.

Ya en el 2003 la Ley de Protección de las Industrias Culturales terminó siendo fruto de la presidencia de Néstor Kirchner. Sin embargo, en función del proyecto que el kirchnerismo comenzó a mostrar, que recuperaba hasta cierto punto aunque con menos vigor las banderas del peronismo, es decir el incipiente apoyo a una burguesía nacional que alimentaba la industria liviana y reconstituía el mercado interno en el marco de los altos precios internacionales de la soja, se vuelve pertinente ver la conciliación de dicho gobierno con Clarín desde otro punto de vista. En ese marco la concreción de la ley mencionada fue pensada por el reciente gobierno más en la negativa de permitir el acceso de grandes empresas de comunicación extranjeras que tendrían un mayor poder de fuego que el multimedio vernáculo lo cual, sin embargo, no le impidió tener que ceder poder comunicacional al holding mientras reconstruía su fuerza política. En el 2004 le renovó las licencias de Canal 13 y Canal 11 a Clarín y a Telefónica por diez años más, aunque también la de otros grupos empresarios más chicos como los de Hadad, Monetta y Manzano, que le servían de contrapeso al discurso de aquél. En el 2006 aprobó la fusión de Multicanal con Cablevisión, ambos de Clarín. Cabe suponer que si el gobierno se hubiese negado a esas concesiones el conflicto hubiese estallado antes de lo que lo hizo.

Fue a comienzos del 2008, cuando el kirchnerismo buscó incrementar las retenciones móviles para contar con mayores recursos que requería su proyecto político económico y para ello tenía que tocar los intereses del corazón terrateniente, la renta agraria diferencial de la pampa húmeda, que se desató la disputa entre el multimedio y el gobierno nacional, ahora bajo la presidencia de Cristina Fernández. En el marco de esa disputa Clarín intentó obtener una nueva ganancia solicitando la concesión de las acciones de Telecom a cambio del apoyo contra el campo. El gobierno se negó y el multimedio, que también tenía negocios en el campo – es accionista de Expoagro, la exposición de agro que al decir de Horacio Verbitsky cierra anualmente negocios en aproximadamente 300 millones de dólares anuales –, tomó partido decisivamente contra el gobierno exponiendo su oportunismo de clase dominante en el marco de un orden semicolonial. Durante los días de marzo el bloque oligárquico imperialista obtuvo un contundente apoyo mediático que resultó crucial para su triunfo.

No obstante el kirchnerismo lograría renacer de la derrota y de hecho obtendría el triunfo electoral presidencial en el 2011. En ese marco, desde el 2009 venía buscando sancionar la Ley de Servicio de Comunicación Audiovisual 26.522, más conocida como Ley de Medios, la cual fue aprobada en octubre de ese año por el Congreso de la Nación. Ésta obligaba al multimedios a desprenderse de varias señales de radio y televisión, fallo finalmente dictaminado en octubre de 2013 por la Corte Suprema. Sin embargo Clarín a través de diferentes artilugios logró resistir el embate. Por otro lado cabe aclarar que la ley no sólo apuntaba contra los monopolios sino que también buscaba el desarrollo de una mayor democratización comunicacional hacia la sociedad civil, por ejemplo reservando el 33 % del espectro audiovisual a agrupaciones sin fines de lucro. Sin embargo el kirchnerismo no llevaría adelante esta política con la energía que un proceso democratizador de esas dimensiones requiere lo cual se aplica no sólo a su política referida a la comunicación sino que se hace extensible a otras esferas de su actuación, la económica sin ir más lejos. Demasiado preocupado por controlar el proceso democratizador que organizó desde el 2003 no supo insuflar el movimiento popular, ya que ello jaquearía su estrategia de control. Esas contradicciones internas, nunca resueltas en los movimientos nacionales, son las que, a su vez, explicarían centralmente la derrota del kirchnerismo frente al bloque oligárquico imperialista que se expresó en la alianza Cambiemos y del cual Clarín fue aglutinante central y beneficiario no sólo con la suspensión de la ley de medios sino también con la fusión Cablevisión – Telecom. En ese sentido un movimiento nacional organizado, con un programa popular y una ejecución clara no puede ser derrotado por ningún holding comunicacional.

Finalmente y en relación a lo anterior, también vale analizar y reflexionar sobre la actuación de varios intelectuales o referentes del campo de la comunicación durante esos años en los cuales el conflicto Clarín – kirchnerismo ocupó un lugar central del debate nacional. Creemos que ese análisis y esa reflexión son necesarios en un escenario en el cual, más allá de las ambivalencias de la política, el poderío de los medios masivos de comunicación es reconocido por propios y extraños. Sin ánimos de personalizar – con lo cual no ganaríamos nada – pero a los fines de precisar las coordenadas del debate podemos citar como ejemplo a Guillermo Mastrini o a Martín Becerra – y en sus figuras hacer reconocible a toda una franja social –  quienes en términos generales si bien señalaron su acuerdo con la promulgación de la ley y los objetivos que ésta planteaba – por ejemplo atacar la concentración de los medios, que los medios estatales tengan un carácter público y no gubernamental, la reserva del 33 % del espectro audiovisual a organizaciones sin fines de lucro – a la vez criticaron la falta de aplicación de ésta. Sin embargo, su mirada no tendió a remarcar de manera primordial ni que la promulgación de esa ley constituía un paso bastante grande en relación a la ley anterior – que provenía de los tiempos de la dictadura – ni que la nueva legalidad había tenido caldo de cultivo en un gobierno nacional democrático burgués que buscaba confrontar con las tendencias del bloque oligárquico imperialista en diversos frentes, entre ellos el de la comunicación. Esa ubicación política nos parece crucial a la hora de hacer más precisos los debates comunicacionales ya que éstos no están deslindados de los conflictos o los proyectos políticos que surcan la historia nacional. Por otro lado, estos autores en algunas ocasiones terminaron señalando que la política de medios del kirchnerismo buscaba difundir un estatismo controlador, argumento emparentado con las tesis que tildan a los nacionalismos burgueses de fascismos vernáculos, o que la política de Clarín y la del gobierno eran dos caras de una misma moneda comunicacionalmente concentracionaria, una la del mercado y la otra la del Estado. Evidentemente estos tipos de argumentos representan un dislate por donde se lo mire. Consideramos sí que más interesante hubiese sido que la crítica esbozada por estos referentes de la comunicación hubiese dejado en claro de modo tajante y en todo momento que la nueva ley era más democratizadora que la anterior y que eso había sido posible en un gobierno como el del kirchnerismo. Y entonces sí, una vez señalada esa fortaleza, deslindada claramente de la ley anterior como de la idea de que una ley así pudiese haber sido llevada adelante por un gobierno semicolonial como el de Macri, pasar a señalar las debilidades y renunciamientos de la aplicación de la política comunicacional del kirchnerismo. De esa manera estos referentes no terminaron operando como elementos democratizadores de la ley sino que terminaron por asemejarse más a las almas serviles de la oligarquía, lo cual expuso también la pérdida de ubicación precisa respecto a los proyectos políticos en disputa por parte de la “intelligence”, que muchas veces parece mirar más con los ojos hacia afuera que a las entrañas del país.

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