“El Padrino”: cómo conquistar, mantener y acrecentar el poder/Horacio Elsinger

A 50 años del estreno de la icónica película de Francis Ford Coppola, reproducimos esta nota del compañero Horacio Elsinger de la ciudad de Tucumán.

En el momento mismo que el 15 de marzo pasado se cumplían 50 años del estreno de “El Padrino”, de Francis Ford Coppola, el celebérrimo films era visto por millones de personas en distintas partes del mundo y diferentes soportes audiovisuales. Pero la universal audiencia no tuvo que ver con el aniversario, ni tampoco lo tiene ahora, que escribo estas líneas, y el fenómeno sigue repitiéndose. Se trata de un hecho que se ha vuelto cotidiano. En cualquier hora del día, en distintos lugares de mundo, millones de personas están viendo alguna parte de la trilogía de “El Padrino”. La película se repite al infinito, la historia de Vito Corleone y del héroe trágico, su hijo Michael, está continuamente sucediendo. Ninguna otra película ha conseguido esta aceptación universal y proyección infinita. Algunos han llegado a afirmar que “El Padrino” es la mejor película de la historia del cine.
Aseverar algo así tiene un alto grado de subjetividad. Quizás sí sea posible decir que ninguna obra de arte (“El Padrino” sin duda lo es) ha logrado ese grado de exhibición continua y el astronómico número de revisitas de los espectadores. ¿Cómo se explica esto? En principio por la naturaleza reproductible de un arte como el cine nacido de una revolución tecnológica cuya producción y circulación se benefició de una nueva revolución, la digital. La posibilidad de replicarse, a la par de las clásicas salas de cine, en televisores, celulares y computadoras explica en gran parte la masividad, pero no alcanza para responder el porqué de la fascinación universal por “El Padrino”.

Una obra inagotable
La multitudinaria atracción que ejerce la zaga de la familia Corleone hay que buscarla en la impactante historia que cuenta y en la feliz convergencia de producción, guion, dirección, fotografía y actuaciones que terminó forjando un film formidable. “El Padrino” no es solo una muy buena película de acción, un excelente film de gánsteres con una historia apasionante y violenta, es mucho más que eso. La zaga de la familia Corleone no solo nos hace vivir, gozosamente, con emoción y suspenso, la belleza y horror de sus escenas sino que, indisociablemente ligado a todo ello, nos brinda también conocimiento; un saber histórico, social, político y existencial. Esa riqueza del “El Padrino”, presente en muchas de las grandes obras, hace que la percibamos como inagotable. Volvemos a ella y la contemplamos, una y otra vez, porque siempre nos parece descubrir algo nuevo, algo que no notamos antes.

El deseo del Padrino
Pero, ¿cuál es la historia que cuenta “El Padrino”? La película de Coppola relata cómo en el ocaso de su vida el capo de mafia Vito Corleone, tras sufrir un atentado, en el marco de una guerra contra sus adversarios, le traspasa el poder a su hijo Michael y éste se convierte en el nuevo Padrino. La ironía trágica de la historia reside en que el mayor deseo de don Corleone ha sido mantener a su joven vástago al margen de los negocios de la familia. El mismo Michael le manifiesta a su novia al principio: “Yo no soy mi padre”. Sin embargo, los acontecimientos llevan a que su hijo, inesperadamente, asuma un rol protagónico y termine asesinando a un capitán de policía y a un jefe mafioso enemigo. La noticia de que su hijo se ha involucrado en el crimen resulta devastadora para el Padrino. No obstante, contra todo pronóstico, el estudiante universitario, ex héroe de guerra, cumple con una astucia y eficacia implacable su nuevo rol de jefe. Este giro en su conducta resulta sorprendente. En este punto del relato, no obstante el amor que siente por su padre, o tal vez, precisamente por ello, porque este sentimiento lo lleva a identificarse con él, el deseo de Michael no parece ser, ni haber sido, el deseo de don Corleone. A juzgar por sus actos, su deseo ha sido siempre ser el Padrino, parece haber nacido para ello.
El joven capo no solo demuestra tener condiciones para ejercer el liderazgo de su familia sino que va más allá que su propio padre y decide eliminar a sus enemigos de un solo golpe en una jornada sangrienta. La secuencia de ajustes de cuenta alcanza el paroxismo cuando Michael hace matar también a su cuñado a quien acusa de ser cómplice del asesinato de su hermano Santino. “Eres un villano despiadado”, le reprocha desconsolada su hermana. El que una vez fuera un joven encantador, a través del cual su padre aspiraba a convertir a los Corleone en un apellido respetable, se ha convertido en un capo de mafia obsesionado por mantener y acrecentar el poder de la familia. En cumplimiento de ese propósito está dispuesto a recurrir a cualquier medio, ya sea la mentira o el asesinato, y también a grandes sacrificios, incluido el amor por su mujer.

La transformación de Michael
Las últimas escenas de la primera parte de “El Padrino” ilustran de forma magistral y sombría la transformación sufrida por Michael. El joven capo tiene en su despacho una discusión con su mujer Kay donde le advierte que “no habla sobre sus negocios”, cambia de táctica y le dice que por una vez, solo por una vez, puede preguntar lo que quiera. Kay le pregunta si es verdad lo que dice su hermana de que él hizo matar a su esposo. Michael haciendo gala de frialdad y cinismo, imperturbable, le responde que no. Kay contenta se dirige a una pequeña cocina contigua al despacho en busca de champagne para celebrar. Mientras se encuentra en ese trajín observa atónita desde la cocina (un ámbito al que históricamente se intentó relegar a la mujer) el ritual que tiene lugar en el cuarto contiguo donde ha ingresado un grupo de los hombres de Michael. El nuevo jefe apoyado en una esquina del escritorio los saluda y extiende el dorso de su mano, los visitantes se inclinan y se la besan mientras musitan con deferencia: “Padrino, Padrino”. En la escena, Michael Corleone, es la representación, casi diabólica, del poder patriarcal, machista y violento que ha terminado encarnando. Lo que sigue es el final memorable de la primera parte. Cuando uno de los secuaces de Michael advierte que Kay los observa, se dirige hacia donde está ella y le cierra la puerta en la cara. Kay queda así excluida de la intimidad del poder de la familia.

Sobre el poder se aprende en el cine…
Uno de los temas de “El Padrino” es el poder, de cómo éste se conquista, se mantiene y se acrecienta. El mismo tema le preocupaba al florentino Nicolás Maquiavelo, quien en la primera mitad del siglo XVI escribió el tratado político “El Príncipe”, donde reflexiona sobre cómo gestionar el poder de forma eficiente en las monarquías y republicas emergentes de su época. No se crea que todo lo que escribió Maquiavelo lo aprendió en una biblioteca, lo aprendió conviviendo políticamente con los Médicis y los Borgia, dos grandes familias que en materia de intrigas y uso de la violencia no tenían nada que envidiar a los Corleone. En esa línea de pensamiento se puede considerar la zaga de “El Padrino”, y aquí quizás resida mucha de la fascinación que ejerce, como “El Príncipe” de las multitudes contemporáneas, un manual de instrucciones sobre cómo funciona el poder. Pero Coppola no teoriza, como Maquiavelo, sino que narra una historia de amor, ambición, conspiraciones, traiciones y violencia donde exhibe de forma descarnada la mecánica del poder mafioso. Parte de ese saber e instrucciones está presentes en algunas sentencias de Vito Corleone que se han vuelto célebres: “Le haré un propuesta que le será imposible rechazar”; “Nunca te sinceres con el enemigo”; “El que te proponga la reunión con Varzini (un enemigo); ese es el traidor”, etcétera. De la misma forma que Julien Sorel, el personaje de la novela “Rojo y Negro”, que Stendhal escribió a principios del siglo XIX, decía que en París el amor se aprende en las novelas, hoy se puede decir que sobre cómo funciona el poder se aprende en el cine viendo “El Padrino”.

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