Danza con lobos/Enrique Lacolla

El escritor y periodista Enrique Lacolla Política analiza el gigantesco crédito en armamento para Ucrania; y las intervenciones de Biden, Johnson y Scholz en lo que cabe caracterizar como Neodarwinismo global.

Portada de la revista MAD, enero de 1976.

El Papa cree que la crisis en el Este se resolverá en los próximos días. Pero hasta aquí el barómetro indica tormenta.

El lunes el presidente Joe Biden anunció su propósito de enviar al Congreso norteamericano un proyecto que contempla la aprobación de una erogación por 30.000 millones de dólares en ayuda militar a Ucrania, que se sumarían al ya importante respaldo que tanto los Estados Unidos como sus aliados de la OTAN están suministrando al gobierno de Volodomir Zelinski. Al día siguiente, en un gesto cargado de simbolismo, Biden visitó el establecimiento donde se fabrican los misiles Javelin (Jabalina) el arma antitanque individual hasta ahora más eficaz probada en el campo de batalla y de la cual se han dirigido cuantiosos envíos al gobierno de Kiev. Ya nos referimos la semana pasada a las grandes entregas de tanques, artillería, software y otros implementos necesarios a la guerra moderna con los que tanto la Unión como sus socios están surtiendo a Ucrania. Para mensurar adecuadamente el bulto de la ayuda militar con que se provee a ese país se puede tener en cuenta que el presupuesto de defensa del estado de Israel –una potencia militar de elevado rango, la primera en medio oriente- es de 28.000 millones de dólares[i], dos mil menos del paquete que Biden ha sometido a la aprobación del Congreso.

A esto se ha sumado, en las últimas horas, la grave declaración del canciller Olaf Scholz, en el sentido de que Alemania respaldará el ingreso de Suecia y Finlandia a la OTAN, lo que vendría a redondear la política de acoso y cerco a Rusia, puesta en marcha poco después de disolverse la Unión Soviética y agravada a partir del golpe de estado en Ucrania consumado con los sucesos del Euromaidán en 2014. Fue como reacción a esta tendencia que Vladimir Putin, tras prodigar múltiples advertencias acerca de los peligros que significaría traspasar lo que su estado entiende como la línea roja para su seguridad, terminó por reaccionar con una invasión a Ucrania que, hasta ahora, se ha mantenido dentro de límites prudentes, más allá de los daños y estragos que son inseparables de cualquier operación bélica.

El problemas es que no se sabe por cuánto tiempo una situación de este carácter podrá mantenerse dentro de estos límites. Los rusos no pueden enzarzarse en un conflicto interminable que los desgaste. Ese es el propósito de Washington, que está dispuesto a luchar hasta el último ucraniano y, de ser posible, arrastrar a sus socios europeos a una guerra que disipe cualquier posibilidad de complementación entre Rusia y la Europa occidental. El maquiavelismo de este plan (con perdón de Maquiavelo, que fue un patriota italiano y un profundo pensador político) se transparenta también en la videoconferencia de Boris Johnson ante el parlamento ucraniano, en el cual no sólo pronosticó que Ucrania “ganará esta guerra” sino que anunció un nuevo paquete de ayuda militar por 370 millones de euros y se prodigó en insultos contra Putin y contra Rusia, mientras establecía comparaciones entre el parlamento británico de 1940, Winston Churchill –cuya retórica Johnson imita- y el gobierno y el pueblo de Ucrania, enfrentados a una amenaza que él equipara a la de Hitler.

Azarosa percepción del riesgo

¿Cuál es el móvil y el cálculo que sostiene esta infatigable propaganda y al continuo aprovisionamiento de material bélico para Ucrania? Respecto al primero, el móvil, ya nos hemos explayado ampliamente a lo largo de la serie de artículos que estamos dedicando a la crisis global; crisis que, en este momento, afecta con particular incidencia a Europa oriental. Se trata de la decisión del centro capitalista neoliberal de imponer un proyecto hegemónico que no respeta soberanía alguna y que apunta a desintegrar los estados y la coherencia social que ellos garantizan, para licuar las resistencias al proyecto. El cual, en definitiva, viene a redondear el principio del darwinismo vulgar, que pone al más fuerte y más astuto en el pináculo del edificio social, relegando al grueso de la humanidad al papel de comparsa.

Respecto al segundo punto, al cálculo, a la evaluación de las posibilidades de éxito que puede tener una política agresiva de este género, se tiene la impresión de que el sistema corre contra el tiempo, de que es consciente de que su pretensión pronto se hará imposible de alcanzar debido al crecimiento exponencial de potencias que fundan su sistema productivo en la generación de bienes concretos antes que en las piruetas de un capital especulativo cada vez más abstracto. Estos países que no adhieren al modelo neoliberal o lo padecen a su pesar,  fundan su esperanza de supervivencia en la posibilidad de romper el abrazo constrictor del sistema. El principal expediente para lograrlo sería escapar del campo de concentración del dólar para buscar refugio en otras divisas o en la fundación de una moneda de intercambio universal. Esa posibilidad eriza al bloque sistémico encabezado por Washington y Londres y lo pone en disposición a precipitarse en cualquier aventura.

Esta conjunción de factores es endemoniadamente peligrosa. De encontrarnos en un mundo donde no existiesen las armas nucleares, es probable que una guerra general hubiese estallado hace tiempo. Ocurre, sin embargo, que existen y plantean una amenaza mortal a la especie. Este peligro determinó un equilibrio precario que se mantuvo a lo largo de la guerra fría, con un par de episodios que sin embargo rozaron el abismo. El más conocido, la crisis de los misiles en Cuba. Pero por aquel entonces había jefaturas visibles y eventualmente responsables. Estaban, Jack Kennedy, Nikita Khruschev,  Charles de Gaulle, Konrad Adenauer o el mismo Dwight Eisenhower.[ii] Hoy, fuera de Vladimir Putin y Xi Ji Ping, el escenario está vacío, librado al accionar de fuerzas difíciles de discernir, que van de los grandes conglomerados financieros y bancarios y de los supermillonarios que se reúnen en cónclaves cerrados, a veces virtuales; a las grandes empresas de armamento, al complejo militar–industrial[iii] y a las comunidades de inteligencia y su prolongación ortopédica, los oligopolios de la información. Estas enormes articulaciones ejercen una desmedida influencia sobre los políticos, que aparecen afligidos por una fatalidad cultural emanada del empobrecimiento ideológico y de una apatía popular derivada del desconcierto ante la imposibilidad de conectar sus deseos con algo fáctico. Desconexión que es consecuencia de haberse desdibujado los canales ideológicos por los cuales antes circulaban las inquietudes y las certidumbres populares.

Se está jugando al borde del precipicio. Suecia y Finlandia en la OTAN, una eventual colisión fronteriza entre rusos y polacos o rusos y rumanos, una decisión rusa de cortar por lo sano y derribar los aviones o volar los convoyes que transportan pertrechos de occidente a oriente, pondrían las cosas en un nivel de tensión que aproximaría a un conflicto generalizado europeo que Rusia no está en condiciones de afrontar con medios convencionales pues excedería su capacidad económica. Por lo tanto, una vez más la opción atómica brillaría con lívida luz en el horizonte.

¿Hay quién quiera correr con la responsabilidad de abrir las puertas del infierno? De parte de Washington se tiene la sensación de que está dispuesto a jugar esta carta hasta el extremo límite. La arrogancia, la “hybris”, el ego desmedido que suele bañar la autoconciencia de los norteamericanos, corre el riesgo de persuadirlos de que en última instancia los rusos cederán, porque son –suponen- menos locos que ellos. Pero, ¿si no es así?

El acrónico MAD (Mutual Assured Destruction) con que se bautizó al sistema de equilibrio del terror en tiempos de la guerra fría, significa, en inglés llano, loco. Ese fue el título de la revista satírica una de cuyas portadas reproducimos en la foto. Creo que esa imagen,  fechada en enero de 1976, todavía sirve para ilustrar la vesania de la hora actual.

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[i] José Levy, en la CNN.

[ii] Y aún así… El peso de los servicios de inteligencia, de la burocracia y del complejo militar-industrial era ya muy grande. El asesinato de Kennedy y sobre todo la frustración de la investigación del magnicidio demostraron que los tiempos habían cambiado y que las cúpulas ya no estaban siquiera relativamente seguras.

[iii] Por ejemplo Raytheon y Lockheed Martin, que fabrican el Javelin, están haciendo pingües negocios en este momento.

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